Cambiar para permanecer fiel

 

Frei Betto São Paulo, SP, Brasil

 

Dijo el conde de Lampedusa que «es necesario que todo cambie para que quede como está». De hecho, hay cambios y cambios. Es obvia la acelerada innovación tecnológica que impone a la humanidad nuevos paradigmas. Se dan ahora avances inimaginables en áreas como inteligencia artificial, biotecnología, nanotecnología, carrera espacial... Prometeo se ha logrado desencadenar, y da la impresión de que los humanos pueden superar todos los límites. Sí, anhelamos incluso la inmortalidad. Aquí en esta Tierra, ya que no se sabe qué hay del otro lado –excepto lo que dicen las religiones– sin ninguna comprobación científica.

Así, una fabulosa industria se mueve para asegurar, a quien puede pagar, el elixir de la eterna juventud: medicamentos que prometen retardar el envejecimiento; gimnasios; cirugías plásticas que disfrazan el avance de la edad; y hasta congelamiento del cuerpo de fallecidos en la expectativa de que la ciencia venga a descubrir cómo reanimarlos.

Ocurre que todo este encantador mundo de la juventud perenne está reservado a la minoría rica capaz de gastar fortunas con la esperanza de posponer lo inevitable: la muerte. Aunque se invente recursos rejuvenecedores, la muerte sorprende. No siempre llega en forma de envejecimiento. A veces irrumpe como una enfermedad incurable (Steve Jobs); accidente (Ayrton Senna) o violencia (John Lennon). Ninguno de los tres podría imaginar que el final de sus vidas se daría tan precozmente. Tenían el mundo a sus pies. Y sin embargo...

Las innovaciones tecnológicas y los avances científicos son positivos y, poco a poco, se amplía el número de personas con acceso, por ejemplo, a la telefonía celular. En muchos países el número de móviles ya supera el de los habitantes.

Hay, sin embargo, un factor que nos impide afirmar que estamos en camino al mejor de los mundos: la desigualdad social. En especial en América Latina y el Caribe, donde es más acentuada que en otros continentes. Latinoamericanos y caribeños conviven con un gran contingente de personas que carecen de condiciones mínimas para una vida considerada digna. Según la CEPAL (2018), 184 millones de latinoamericanos (10,2% de la población del continente) viven en la pobreza, y 63 millones en la miseria.

En los países desarrollados, sobre todo en Europa occidental, cuando me preguntan cómo es la lucha por los derechos humanos en nuestro continente, a menudo retruco: «¿Derechos humanos? Eso es un lujo. Todavía luchamos para conquistar derechos animales: comer, proteger la cría, alimentarse...»

Thomas Piketty, en su clásico El capital en el siglo XXI, demostró que la concentración de la riqueza mundial en manos de pocas familias (84 personas físicas disponen de renta equivalente a la que tienen 3.500 millones de personas, la mitad de la humanidad, Oxfam) se debe al aumento de la especulación financiera, agravado por un injusto sistema de transmisión de herencias.

François Bourgnignon, en La globalización de la desigualdad, refuerza la tesis de Piketty. El aumento de la precarización del trabajo (tercerización, desindicación, etc.) y la reducción de salarios, sumados al hecho de que la economía / globocolonizada / no obedece normas internacionalmente aceptadas (hay paraísos fiscales, ¡verdaderas cuevas de Ali Babá!), hacen que disminuya la élite que se apropia la riqueza y supere la fantasía de Walt Disney al crear la millonaria y avarienta figura del Tío Patinhas.

Hace veinte años, demuestra Bourguignon, el nivel de vida en países como Francia y Alemania era 20 veces mayor que en China e India. Hoy, sólo 10 veces. El lector dirá: «¡Qué bueno! ¡Menos desigualdad!». De bueno nada. El crecimiento de China y de la India sigue los mismos parámetros de Francia y Alemania, el voraz y piramidal capitalismo. Y eso son 3 mil millones de personas que sobreviven en el mundo, ¡con menos de 2,5 dólares (8 reales) por día!

En cuanto a las medidas adoptadas como positivas en América Latina, como privatizaciones y reducción de gastos sociales del gobierno (véase el ajuste fiscal en Brasil), el autor concluye: «Muchas de esas reformas casi ciertamente tuvieron efectos de desigualdades. De hecho, entre 1980 y 1990, ocurrió un aumento sustancial en la desigualdad de los países más afectados por esos programas: Argentina, México, Perú, Ecuador y hasta Brasil».

¿Y las privatizaciones? Lea lo que dice: «La transformación de monopolios públicos en privados, con regulación insuficiente, permitió el surgimiento de nuevos rentistas y, en algunos casos, la acumulación de inmensas fortunas».

En EEUU, donde la supuesta democracia política en nada coincide con la total falta de democracia económica, la caída real del salario mínimo entre 1980 y 1990, y la debilidad de los sindicatos, causaron un aumento del 20 al 30% en la desigualdad social. La fortuna del 10% más rico creció del 64% al 71% entre 1970 y 2010.

Según Jason Hickel, los países en desarrollo repasan anualmente más de 125.000 millones de dólares a las naciones ricas (y los paraísos fiscales almacenan, por año, 170.000 millones de dólares). En 2012 (última actualización de datos), los países periféricos recibieron, en ayudas e inversiones, 1.300 millones de dólares. Y, en el mismo año, remitieron a los ricos ¡3.300 millones de dólares! Es decir, 2.000 millones más de lo que recibieron. De 1980 a 2012, la extorsión fue de 16.300 millones de dólares, lo que corresponde al PIB de EEUU.

Por lo tanto, es un equívoco que América Latina y el Caribe centren su atención en las innovaciones tecnológicas y los avances científicos. La prioridad es fortalecer los movimientos sociales, el empoderamiento popular, para detener la sumisión política y económica de nuestros países frente a las naciones metropolitanas. Ante la crisis de los gobiernos progresistas en nuestro continente, es urgente evaluar autocríticamente los equívocos cometidos y reanudar los vínculos orgánicos con las clases populares que buscan una alternativa al capitalismo.

En suma: o concentramos la lucha política en la reducción de la desigualdad social o vamos todos al garete (hambre, migraciones, criminalidad, terrorismo, guerras), mientras que la diminuta élite que todo lo comanda festeja en la isla del privilegio y la codicia.