Crisis de las grandes Causas, desafíos de futuro

Crisis de las grandes Causas, desafíos de futuro

Frei Betto


Soy de la generación que tenía 20 años de edad en la década de 1960. Generación que vibró con el éxito de la Revolución Cubana, la victoria del heroico pueblo vietnamita sobre la mayor potencia bélica y económica de la historia (EEUU); que admiró a los Beatles y que, gracias a la píldora, conquistó la emancipación de la mujer y la revolución sexual, y redujo el prejuicio de la homosexualidad.

Generación que en América Latina se movilizó en las calles y en las montañas contra las dictaduras militares. Generación que tenía como ejemplos de vida a personas altruistas como el Che Guevara, Luther King, Mandela. Generación que presenció la realización del Concilio Vaticano II, convocado por el aperturista Juan XXIII, y aprendió a respirar una fe liberadora junto a los pobres e hizo surgir las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación.

En fin, una generación que se movía inspirada por paradigmas fundados en grandes relatos, en ideales históricos, en utopías liberadoras. Generación que ansiaba cambiar el mundo y soñaba, con los ojos bien abiertos, con un nuevo proyecto civilizatorio, en el que fuese suprimida la miseria, el hambre, la exclusión social, el imperialismo, la opresión, y predominasen la solidaridad, el compartir, el derecho de todos a tener asegurados sus derechos humanos y planetarios.

El sueño se acabó. El socialismo fracasó (todavía en Cuba resiste entre dificultades, conquistas sociales y compromisos internacionalistas) y el mundo se volvió unipolar bajo la hegemonía del capitalismo neoliberal. Se introdujo la globo-colonización (la imposición al planeta del modelo de vida made in USA), se incrementó el belicismo (Iraq y Afganistán) y las guerras de baja intensidad; quedó aislada África, esquilmada por siglos de colonización.

¿Qué futuro?

Nuevas tecnologías de comunicación acortan el tiempo y el espacio y promueven la homogenización cultural según patrones consumistas. Los sueños ceden lugar a las ambiciones (de poder, fama, belleza y riqueza); la búsqueda del hedonismo se sobrepone a la ética del trabajo; la especulación predomina sobre la producción; la relativización de los valores fragiliza las instituciones fundamentales de la modernidad, como la familia, la Iglesia, la escuela y el Estado.

La realidad se fragmenta como en el giro alucinado del caleidoscopio. La posmodernidad emerge y propone el interés individual como el parámetro prioritario. Reina el cuidado excesivo del cuerpo (fitness); la presentación del artista parece tener más importancia que su obra de arte; las religiones abrazan los criterios del mercado y prometen milagros listos para llevar; el fundamentalismo resucita al «Señor de los Ejércitos».

La muerte de las ideologías libertarias y el predominio de la óptica neoliberal como sinónimo de democracia y libertad aceleran el proceso de deshumani-zación. Pásase de lo colectivo a lo privado, de lo social a lo individual, de lo histórico a lo momentáneo. Lo que era pueblo se transforma en un aglomerado de personas; las clases se enzarzan en intereses personales movidos por el mimetismo espejado en el comportamiento de la élite; la nación se deja recolonizar por la progresiva mercantilización de la aldea mundial.

Frente a esa realidad fragmentada sobrevuela la pregunta: ¿Qué futuro? La barbarie de un capitalismo depredador, excluyente, de represión implacable contra el flujo migratorio de los pobres, de calentamiento planetario y degradación ambiental, de imperio del narcotráfico y del entretenimiento de la imagen (TV e internet) desprovisto de contenido?

¿Un mundo basado en la competición, en la progresiva apropiación privada de la riqueza, en la transformación de los derechos sociales -como alimentación, salud y educación-, en meras mercancías a las que tengan acceso solamente aquellos que pueden pagar?

El Foro Social Mundial propone: «Otro mundo es posible». ¿Es posible? ¿Cuál sería su diseño y los paradigmas de ese otro mundo posible?

Si queremos escapar de la barbarie no queda otra esperanza fuera de la defensa intransigente del medio ambiente; del repudio a todas las formas de prejuicios y discriminaciones, fundamentalismos y segregaciones; del diálogo interreligioso y de la espiritualidad capaz de potencializar nuestra capacidad de amar y de solidarizarse. No habrá futuro saludable si desde ahora, en el presente, no hay fortalecimiento de los vínculos gregarios de movimientos sociales, asociaciones, sindicatos y partidos, en función de proyectos comunitarios y derechos colectivos.

Tal desafío supone el rescate del carácter histórico del tiempo, de los grandes relatos, del valor de las causas humanitarias, de una visión del mundo y de la vida que rompa los límites del aquí y del ahora para proyec-tarse en el futuro que atraviesa y al mismo tiempo sobrepasa todos los modelos de futuro -aquello que Jesús llamó Reino de Dios, que no reside allá encima, se sitúa allá adelante, a la culminación de todos nuestros sueños y utopías.

En suma, se trata de buscar una calidad de vida más próxima posiblemente de la propuesta del sumak kawsay (vivir en plenitud) de los pueblos originarios andinos, que del consumismo exacerbado de los centros de compra. «Vivir en plenitud» o buen vivir no coincide con la propuesta consumista de una existencia respaldada por el dinero, la posesión de bienes de confort, las condiciones de seguridad predominante sobre las de libertad.

Si sumak kawsay merece figurar como nuestra Gran Causa hoy, hay que comprometerse con las varias causas capaces de converger en esa dirección. Hay muchas causas sectoriales o corporativas, como la indígena, la de la mujer, la de los homosexuales, la de los negros, la de los sin-tierra y sin-techo, la de los migrantes y, entre otras, la ecológica. El desafío es cómo ampliar tales luchas dentro de una visión sistémica, pues pretender obtener todas las conquistas de cada una de esas causas dentro del capitalismo neoliberal es creer que se pueda obtener un paño nuevo remendando varios retales viejos.

Es necesario, cada vez más, articular las luchas de los varios movimientos populares y sociales, de modo que el movimiento de mujeres no sea mero espectador de lo que ocurre al movimiento de los sin-tierra, y que éste no se limite a acompañar por la TV la movilización del movimiento indígena. Sin que la lucha de uno se torne lucha de todos, difícilmente se alcanzará el sueño de una sociedad que favorezca la vida en plenitud.

La vida sólo vale la pena ser vivida movida por sentimientos y prácticas de amor, de justicia, de respeto a las identidades y a los derechos del otro. Sólo así seremos capaces de saciar nuestra hambre de pan y aplacar nuestra sed de belleza

Frei Betto

São Paulo, Brasil