Decolonialismo

 

Decolonialismo, Valeria Álvarez y Jonatan Heffele, Argentina

No podemos pensar en una cultura puramente pura. Siempre a lo largo de la historia, las personas y los pueblos se encontraron, cruzaron e intercambiaron saberes, conocimientos, experiencias. También a lo largo de la historia, poderes superiores militarmente hostigaron y oprimieron pueblos enteros, imponiendo una ideología dominante.

Nos tomamos el atrevimiento de compartir algunos pensamientos históricos teológicos respecto a la colonización del pueblo.

El germen que leuda la masa.

En los tiempos que corren, y realmente hoy parece que el tiempo no pasa sino que corre, nos encontramos en espacios de reflexión sobre el papel de la iglesia en la sociedad y el rol de la teología como ciencia que se nutre y responde a las inquietudes de la fe, dentro de la misma sociedad. Muchos adoptamos la teología de la liberación como regla y práctica comunitaria. Esta rama de la teología nace en medio de una institución importada de Europa, institución y herramienta colonizadora junto a otras. Pero como buenos mestizos combativos, paridos en el cono sur del mundo, tenemos esa capacidad de tomar las herramientas colonizadoras y transformarlas en propias, adoptarlas y pintarlas de nuestros propios colores. Basta pensar en el rock inglés y todas las manifestaciones posibles engendradas en nuestro país, pasando por Leon Gieco hasta el fenómeno de masas de los Redondos de Ricota; nadie podría, en su sano juicio, negar que son argentinas y todos convenimos que es rock.

La teología ha sufrido un fenómeno similar dentro del cristianismo. Desde la colonización los templos ancestrales de tradiciones precolombinas fueron demolidos, y sobre ellos se construyeron templos cristianos, así llegamos a movimientos cristianos de laicos y religiosos revolucionarios que lograron que los pies del propio Tío Sam tiemblen. Podemos mencionar que esto comien-za, para poner una época que nos guíe, en el Concilio Vaticano II, allá por la década del 60, donde obispos y religiosos de diversas tradiciones cristianas estuvieron de acuerdo en que la santa iglesia necesitaba un cambio. Si bien ha habido precedentes en la historia tales como Fray Bartolomé de las Casas con su lucha por el reconocimiento de la humanidad del “Indio” o los Jesuitas y su trabajo de misión con la nación guaraní, todos estos intentos desperdigados y perseguidos a lo largo de la historia convergieron en el concilio, que resulto una re-novación en la iglesia toda.

Muchos documentos y manifiestos salieron de ese sínodo. Pero los obispos latinoamericanos, desbordados por la demanda de participación política que los laicos comprometidos ideológicamente con su pueblo les manifestaban, leyeron los signos de los tiempos hacia fines de los 60 y acordaron que no solo en papeles quedaría la cosa: en Medellín, Colombia, un grupo de Obis-pos latinoamericanos discernió que el cristianismo no es solo adoración y oración, también es reflexión y acción. Aquí nace la teología de la liberación como práctica propia de comunidades cristianas que trabajan por la liberación de nuestro pueblo, luchan por la abolición de prácticas opresoras y reflexionan una fe y una ciencia teológica de y para el pueblo, todo nutrido de la mística del seguimiento del Crucificado por el imperio romano. Este aluvión de creyentes revolucionarios participó de grandes cambios sociales en el continente. Para mencionar un ejemplo, la participación activa y combativa de creyentes dentro de la guerrilla urbana de montoneros en argentina, que practicó su fe junto con el movimiento de sacerdotes por el tercer mundo. También en Brasil se organizó el Movimiento Sin Tierra, donde el papel de los cristianos fue fundamental. Pienso aquí en autores que plasmaron esa reflexión y práctica en libros históricos como Leonardo Boff y su “Teología de lo político”, allí argumenta con lente científico y mística franciscana el papel de las comunidades eclesiales de base en la sociedad.

Muchos años pasaron de aquel fermento, el golpe del imperio fue tenaz y las dictaduras atacaron de las maneras más tenebrosas a nuestro pueblo. Luego el neoliberalismo atacó de la forma más cruel, quitándole al estado toda capacidad para regular y poniendo al hombre como lobo del hombre, donde el consumo personal prima sobre mi hermano. Fuimos testigos de la fragmentación social en todos los aspectos. Fukuyama, como profeta del imperio manifestaba el fin de la historia, argu-mentando que las ideologías habían fallecido, que los cambios sociales no existían y que solo quedaba domar la naturaleza para ser dioses. Las Ciencias Sociales se defendieron de una u otra forma, pero la fragmentación se logró. El Cristianismo Marxista o Teología de la Liberación, pasó de ser un movimiento de religiosos y laicos que luchaban por la liberación y denunciaban el ca-pital como antihumano, a tomar pequeñas luchas y propósitos, sólo un aspecto del problema, las macroideologías quedaban fuera. El mismo Boff pasó de escribir “Teología de lo político”, depositando su esperanza en el movimiento y la organización popular, a escribir sobre temas concretos como la ecología, denunciando un problema del total. Otros autores se dedicaron a la crítica del género, otros a la juventud, otros a la política y la teología, pero año a año la denuncia sobre el capital y la ambición de los poderosos como problema fundamental de nuestro continente va quedando diluida.

Fukuyama falló en su profecía y desde el Cono Sur Latinoamericano irguiendo nuevas ideologías y una vez más comenzamos a hablar de socialismo latinoamericano y patria grande. Occidente es testigo de grandes líderes políticos en todas sus dimensiones, y no solo de aquellos líderes norteamericanos parados en la cúspide mundial.

Dentro de la teología tenemos la necesidad urgente, porque nuestro pueblo así lo manifiesta, de volver a ver ese fermento que leuda la masa. No de volver a los 70, sino de encontrar la levadura que ponga en marcha la espiritualidad combativa de un pueblo que tiene la capacidad de hacer temblar los cimientos de aquellos que oprimen y matan. En el seguimiento del hijo de un carpintero llamado Jesús de Nazaret, nacido en Palestina, aquella tierra de conflictos, crucificado por uno de los imperios más poderosos de la historia humana y resucitado por el Dios de la vida, es que nos demanda salir a luchar como pueblo vivo y orgánico en favor de los más desprotegidos.

Para finalizar, tengamos cuidado en pretender decolonizar al pueblo, pueblo sencillo y luchador que todos los días pelea por su dignidad. El imperio anglosajón pretende colonizar y desaparecer todo tipo de trazo propio nacional y popular. Sus herramientas, los medios de comunicación, fuerzas de seguridad y armadas, grupos políticos y empresarios. Tal vez, podemos comenzar por reflexionar sobre sus roles como colonizados al servicio del poder.