Decrecer con equidad

Decrecer con equidad

Elías Ruiz Virtus


«A menos que las cosas cambien, en 2016 el 1% más rico de la población mundial poseerá más riqueza que el 99% restante…», anuncia el informe de OXFAM, La RIQUEZA: tenerlo todo y querer más, hecho público en vísperas de la Cumbre de Davos, donde se juntaron 2500 personas de la élite política y financiera del mundo, del 21 al 24 de enero de 2015.

85 personas acumulan la misma riqueza que la mitad de la población de nuestro planeta.

En octubre de 2014, en su informe anual, titulado IGUALES, el PNUD ampliaba estos datos, sus causas y sus consecuencias. En el informe, Latinoamérica queda como el Continente más desigual, lo que frena el desarrollo humano de sus mayorías. El aumento de riqueza que consiguen las élites económicas y políticas lo emplean para torcer las instituciones en favor de sus intereses y adormecer al pueblo con unos pésimos servicios educativos, religiosos y sanitarios, fomentados perversamente por ellos. Frutos de esta desigualdad son el desempleo, la violencia, los asesinatos y la militarización de los países.

¿Hacia dónde se dirige un mundo así? Al desastre social, y al desastre ecológico. La paz mundial está en peligro, y también la supervivencia de la especie humana. En realidad está ya de lleno metido en ese desastre: grandes mayorías viviendo en condiciones de vida inhumanas, sin acceso a la salud, a la educación... mayorías a las que se les distorsionan los ojos para que no vean la realidad.

Pero este camino equivocado no es una condena a la que nos ha catapultado algún poder maligno. Podemos abandonarlo, y debemos hacerlo ya.

El camino del DESARROLLO ha puesto en brazos de la humanidad tantos bienes, que nos son una carga difícil de sostener. Nos pesa demasiado. La tierra produce muchos más alimentos que los que los comensales precisan. De los alimentos que produce la tierra una mitad son consumidos, otra mitad va a la basura. Y convierten en etanol, para alimentar carros: maíz, soya, trigo, palma africana… que darían de comer a otra población como la actual. Si de los alimentos pasamos a los vestidos y calzados nos encontramos con armarios llenos, para nada. Con la mitad, la humanidad viviría mejor, caminaría más holgado. Ligeros de equipaje caminamos más y mejor. Y podríamos seguir con los centros de educación, los espacios de recreación, los medios de transporte...

La palabra que concreta esta necesidad de vivir mejor teniendo menos es decrecimiento, con este añadido: decrecer CON EQUIDAD. Voy a permitirme recordar esto con un gráfico ya clásico: la Copa de Champán que hay que quebrar, y el Vaso de Agua que hay que construir.

La traducción de los datos de estos gráficos a decisiones al menos teóricas es espontánea. Los países ricos, que acumulan mucho más de lo que les corresponde, por ética elemental tienen que decrecer. EEUU y Europa son el 11% de la población y tienen en sus manos para su exclusivo uso el 64% de los bienes. El 20% situado en la parte ancha de la copa se queda con el 82’7% de los bienes: así no vale. O son razonables y se bajan por su propia voluntad –hipótesis improbable–, o la conciencia de la ciudadanía se verá en la obligación moral de bajarles.

Y el horizonte que se nos presenta con este descenso es de ensueño: tendríamos dos vasos de agua: el uno para que bebamos hasta saciarnos los 7 mil millones que compartimos el planeta, y el segundo vaso de agua se lo reservaríamos a nuestros hijos que, tal vez, serán más numerosos que nosotros. Bajan los de arriba, pero todos los demás subimos hasta alcanzar los tres últimos quintiles, ese 60% que vivimos en la miseria, con sólo el 4% de los bienes, cuando nos correspondería el 60%; subiríamos a una vida digna.

Esta función de repartir los bienes que el mundo o los distintos países tienen se llama justicia distributiva y era la primera tarea que la moral clásica asignaba al Príncipe, al que preside la sociedad: distribuir, y cortar las uñas al hermano que por ser más fuerte o más hábil intenta quedarse con todo. Lo que hace la madre en la mesa de la familia lo debe hacer la autoridad como su principal deber. El neoliberalismo ha convertido a la autoridad en un muñeco al servicio de las élites económicas. Es como la madre que se calla o se pone de parte del hermano fuerte y abusón.

Escribo desde Honduras, uno de los países donde en 7 de cada 10 personas, la desigualdad se incrementa rápidamente, y donde los 3 privilegiados de la sociedad están excluyendo al resto y se están excluyendo a sí mismos, con una exclusión igual o más nefasta que la que aplican a los de abajo. Gandhi dijo: “Ser rico y que ello se valore en una sociedad injusta, es una vergüenza”. Yo vivo entre los excluidos, y eso no lo he entendido nunca, y sigo sin entenderlo.

Estos principios de ética habría que recordarlos sin temor a que sean mal interpretados. Tomás de Aquino dejó escrito: in casu necesitatis omnia sunt comunia, en caso de necesitad todo es común. Cierto que lo pueden interpretar mal los de abajo, ¿pero cómo lo interpretan los de arriba? Es expresiva esta frase: «No robes pan al hambre». Tampoco es incorrecta esta otra: «Quien roba a ladrón, 100 años de perdón».

Los de arriba dicen que el problema es que somos muchos en el planeta y sobran los de abajo, que son sucios y antiestéticos. ¡Qué disparate! El problema son ellos, con su estilo consumista y despilfarrador, que necesita gastar para producir los inútiles objetos de sus despilfarros. Todos estos gastos y productos de la inutilidad llevan consigo mucho costo ambiental.

El principal medio para llegar a este sueño es la movilización social. No quedarnos callados, salir a la calle.

La codicia es la principal culpable de esta estructura sucia de la Copa de Champán. Pero se la puede acompañar con este acertado dicho de Carlos Marx: las estructuras injustas no se caen por la inconsciencia de los que están abajo y por el apoyo de las fuerzas ideológicas: escuelas e iglesias, y de las fuerzas represivas: ejército y policía. Cuanto peor estamos, peores escuelas y servicios sociales tenemos, más iglesias y más alienantes, y más presencia militar. Hay que caer en la cuenta de que la criminalidad, el desempleo y otros muchos males que cargamos son tamales no cocinados en nuestras cocinas; sus raíces están arriba.

Dos verbos que tenemos que manejar en esta tarea del Decrecer con Equidad son distribuir y acaparar. Cuando acaparamos construimos la Copa, y cuando distribuimos construimos el Vaso. Este decrecimiento con equidad nos beneficiaría a todos. Ha llegado el momento de construirlo. Como personas o como pequeños grupitos tenemos en nuestra mano el consumo: lo que comemos y lo que bebemos. Por la boca muere el pez. Protejamos nuestra libertad, no mordamos el anzuelo. ¿Qué compramos, dónde, a quién? Con nuestro consumo orientamos el mundo. Protejámonos de la mercadotecnia. No es lo mismo comprar al vecino que comprar en los malles. Es mejor consumir lo que nuestro entorno produce; tal vez no esté tan bien presentado, pero es nuestro, y el dinero queda entre nosotros, y nos autoempleamos sin necesidad de «buscar empleo», que es buscar quién nos quiera esclavizar.

Y a nivel colectivo, recuperemos la militancia social. No tengamos miedo de salir a la calle. Recuperemos la conciencia de que valemos todos igual. Demandemos servicios públicos de calidad. Aun sabiendo que lo público funciona peor, produce menos y es más lento, pero es de todos, y para todos. Lo privado funciona mejor, es más eficaz, produce más, pero se lo quedan unos cuantos para ellos solos.

Pública debe ser la enseñanza para que no divida la población entre los que pagan y los que no pagan. Pública debe ser la salud. Público debe ser el trasporte. Estas orientaciones devuelven el poder al pueblo.

Es el momento de demandar que: 1. que los gobiernos gobiernen, que no sean títeres. 2. Que las empresas recuerden que no son sólo dinero y máquinas de producción; que cuenten también con los que trabajan. Sus manejos económicos no son tan complicados que necesiten especialistas de NASA... No les cuesta nada ser transparentes y dar participación. 3. Equidad salarial entre directivos y trabajadores, gobernantes y gobernados, entre estudiados (porque todos les pagamos sus estudios) y los que sólo fueron a la escuela primaria. 4. Equidad de género.

Nuestra historia necesita otro final y es el momento de dárselo.

 

Elías Ruiz Virtus

San Pedro Sula, Honduras