Descolonizar y de construir nuestras mentes y corazones

 

Descolonizar y de construir nuestas mentes y corazones, Mario Garcés Durán, Historiador, Chile

La emergencia y el impacto de los movimientos sociales en América Latina, en los últimos años, han sido capaces de colocar preguntas y desafíos muy poderosos para nuestras sociedades. En particular, desde las mujeres, así como desde nuestros pueblos originarios. En el primer caso, se trata de los aportes y saberes del feminismo a propósito de las relaciones de género mientras que, en el segundo, se relaciona no solo con el valor de las culturas de nuestros pueblos originarios, sino que también con la denuncia sobre los efectos del colonia-lismo y el racismo. De este modo, género y raza son dos nuevas categorías que sumadas a la clase configuran aspectos fundamentales de los procesos y las identidades populares en América Latina.

La discriminación de nuestros pueblos originarios está en la frontera de la minusvaloración de las diversas formas de los mestizos y de las mayorías pobres de América Latina. Por otra parte, las relaciones de poder y sometimiento del patriarcado comprometen no solo a las mujeres, sino que, en un sentido amplio, al conjunto de la sociedad.

El desarrollo de nuestros pueblos originarios como movimiento social no solo ha colocado demandas de restitución de tierras y bienes a los estados nacionales y las sociedades, sino que ha ido instalando la pregunta por el lugar social de los indígenas, pero más allá todavía por la condición social y cultural del “indio”. Como sabemos, la colonización de América Latina se produce a partir del sometimiento y la dominación del indígena, el que visto como un otro inferior puede ser explotado. El triunfo militar sobre los indios, como indica Dussel, “le dio al conquistador… una dominación económica y política absoluta, que fue usada de manera despiadada, sin ningún tipo de humanidad, para organizar las estructuras de la dominación –hasta el presente, durante cinco siglos- del mundo colonial y postcolonial. Les permitió igualmente tener una pretensión de superioridad que nunca había experimentado ante el mundo árabe, indostánico o chino, más desarrollado”. (Enrique Dussel, Política de la liberación. Historia mundial y crítica, 2007. Pp. 56 y 57).

El indio inferiorizado (o minorizado) está a la base del racismo moderno y contemporáneo. Pero no solo el indio sino todos sus tipos de descendientes, especialmente mestizos de diversas categorías y luego los negros y sus respectivos descendientes. El racismo se multiplicó según crecía la demanda de mano de obra, primero indígena y luego la que surgiría a partir de la esclavitud de africanos. La contraparte de la inferiorización del indio y del negro esclavo fue, por cierto, la del europeo blanco, que fundaría con los años y siglos de dominio la superioridad de Europa y de nuestros estados nacionales que tendrían en el viejo mundo un modelo y un espejo en el cual mirarse y evaluarse.

Para Rita Segato, las cuestiones de género en América Latina suponen la minorización (o inferiorización) de las mujeres, que han sido expulsadas del espacio público y lanzadas a la esfera de la vida privada sin valor político. De este modo en América Latina, en función de su historia “el sujeto natural de (la) esfera pública, heredera del espacio político de los hombres en comunidad, será, por marca de origen y genealogía: 1) masculino, 2) hijo de la captura colonial y, por tanto, a) blanco o blanqueado; b) propietario; c) letrado; y d) pater familias (…) Es a partir de ese proceso que se puede afirmar que la historia de los hombres, el proceso histórico de la masculinidad es el ADN del estado, y su genealogía masculina se revela cotidianamente. (Rita Segato, La guerra contra las mujeres, 2016, p. 94).

Desde la perspectiva de Segato, en esta historia, la política y la construcción del estado y lo público se hace monopolio de los hombres, y en consecuencia tiene formas y contenidos patriarcales.

El colonialismo se funda en una doble inferiorización, la de los indios (y mestizos) y la de las mujeres. En un sentido más amplio, podríamos decir también de las mujeres y de los pobres. Esta doble inferiorización configura una mentalidad colonial –de blancos y no blancos- que como decía el historiador catalán, Pierre Villar, pueden llegar a constituir “cárceles de larga duración”.