Deudas de 500 años: 22 de abril de 1500

El Brasil: 1500-2000, 22 d’abri
DEUDAS DE 500 AÑOS
 

José Oscar BEOZZO


Los 500 años de América, 1492-1992, fueron precedidos de una intensa movilización de los pueblos indígenas del Continente, a los que se fueron asociando otros grupos y segmentos de la Sociedad para señalizar los “500 años de resistencia indígena, negra y popular”. Con ocasión de aquellos 500 años, en muchos países fueron modificadas las Constituciones para que reconocer el carácter pluriétnico y pluricultural de su realidad, para incluir los idiomas indígenas en el currículum escolar y para reconocer el derecho ancestral de las comunidades y pueblos indígenas a la tierra, a la propia identidad, a sus leyes y costumbres.

Los 500 años de la otra América, la no hispana sino portuguesa, la “Pindorama” (Tierra de las Palmeras) en la lengua de los tupí, en el año 2000, no parece suscitar el mismo impacto ni el mismo empeño de protesta y revisión histórica que marcaron tan fuertemente poblaciones como las de México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia y muchos otros países latinoamericanos y caribeños. Será tal vez porque, en estos países, las poblaciones indígenas siguen formando la masa de sectores populares y mantienen identidad, memoria y lengua, constituyéndose así, hasta hoy, en “pueblos testimonio”, al decir de Darcy Ribeiro.

Brasil, al contrario, ¿sería un caso típico de “pueblo nuevo”, resultante de un proceso de amalgama y fusión de diferentes pueblos y razas, y cuyos sectores populares son el resultado no tanto de la anterior población indígena, sino de la avalancha de esclavos negros (cerca de 3,6 millones) traídos de Africa, a lo largo de más de tres siglos, y mantenidos en régimen de esclavitud hasta ayer prácticamente? La abolición de la esclavitud en Brasil, la más tardía de las Américas, sólo tuvo lugar en 1888, y no en 1794, como en Haití, o en 1810, como en México, o en 1834, como en las islas inglesas del Caribe, o incluso en 1865, como en EEUU.

A decir verdad, Brasil, atorado hoy por la peor crisis de su historia, endeudado y en recesión, sorprendido por los sucesivos escándalos financieros y morales en las más altas esferas del ejecutivo, del legislativo y del judicial, y sin muchas perspectivas en el horizonte más cercano, viene afrontando de manera cansina y sin mucho ánimo de celebración o ni siquiera de protesta, el aproximarse de los 500 años de la llegada de los portugueses a estas tierra de Brasil.

Por lo demás, en el año 2000 se sobreponen varias efemérides: los 500 años de Brasil, pero también el gran jubileo y el inicio del tercer milenio del cristianismo, con sus significados más universales.

El 22 de abril de 1500 fue el día del paso por la costa de Brasil de las doce naves de Pedro Álvares Cabral, en su camino hacia la India. Pedro Vaz de Caminha, el escribano de la armada, en su carta al Rey de Portugal, D. Manuel el Venturoso, narra el “hallazgo” de la tierra y de la noticia sobre sus habitantes y de los ocho días en que la flota cabraliña navegó por el litoral sur de Bahia.

Las hojitas de los calendarios marcan para el 22 de abril varias conmemoraciones, como las del día de la Tierra, el día de la aviación de caza, el día de la comunidad luso-brasileña, y el día del Descubrimiento de Brasil.

Bajo este nombre de “Descubrimiento de Brasil” el Gobierno está elaborando su agenda de festividades para conmemorar los 500 años, y la Rede Globo de Televisión instaló en Puerto Seguro y otras ciudades del país relojes con cuenta regresiva que van indicando cuántos días faltan para el acontecimiento.

La Iglesia Católica, en sus documentos más recientes viene evitando cuidadosamente hablar del “Descubrimiento de Brasil”, colocando entre los objetivos de su proyecto “Rumbo al año 2000” la “concientización del sentido del Jubileo y de los 500 años de Evangelización de Brasil”.

Mas las ópticas del Estado y de la Iglesia, aunque distintas, no agotan todas las lecturas posibles de este acontecimiento. Los más de 600 pueblos indígenas que habitaban aquí y de los cuales poco más de un centenar continúan habitando la tierra bautizada con el nombre de Santa Cruz, Vera Cruz y después Brasil, experimentaron ese acontecimiento, cuyo proceso viene desdoblándose en el tiempo -hasta hoy mismo- como una invasión y una expoliación de sus tierras y como malogrados intentos de buena vecindad y de civilizada convivencia. Para muchos de ellos, cuya presencia en el territorio que hoy abarca Brasil se remonta a más de 40.000 años, los últimos 500 son apenas una etapa reciente -aunque trágica, dolorosa y determinante- de una historia mucho más antigua y honda.

¿Es posible en estas conmemoraciones una meditación de mirada más amplia que se aproxime a esta historia sin excluir la plural y antiquísima trayectoria y la rica experiencia humana y espiritual de tantos pueblos, culturas y religiones, o estamos condenados a la estrecha óptica colonialista de los 500 años de descubrimiento o de evangelización?

De continuar moviéndonos en el horizonte estrecho de los 500 años, la primera consecuencia a la que nos condenamos es la de ser un país sin memoria y sin raíces. Para superar esta maldición no basta retomar el socorrido refrán de que somos hijas e hijos, herederos de las tres razas tristes: la portuguesa, la indígena y la negra.

Las tres entran en el crisol de nuestra formación en condiciones muy distintas: los portugueses como conquistadores y colonizadores que se apropiaron, sin más, de tierras y gentes, estableciendo su dominación política, su explotación económica e imponiendo su ocupación sistema cultural, su lengua, sus costumbres y su fe religiosa. Los indígenas aparecen ahí como obstáculo a la ocupación de la tierra, destinados a ser ahuyentados o al exterminio, o a ser recuperados como mano de obra servil para los cultivos y los ingenios. A las mujeres indígenas y después a las negras se les impuso el forzado mestizaje sexual, a fin de “poblar la tierra” en la línea del proyecto colonial, haciendo de los mamelucos, los cafuzos y los mulatos, sus aliados, no siempre incondicionales. Hasta hoy, no se ofreció a los sobrevivientes de esta gran tribulación -cerca de 300.000 indígenas agrupados en 130 diferentes pueblos- garantía para sus tierras, respeto hacia sus culturas y religiones, educación bilingüe en el reconocimiento del carácter pluriétnico, pluricultural y plurilingüístico de la nación brasileña. Ni siquiera los limitados derechos inscritos en la Constitución del 88 les son asegurados a los pueblos indígenas. Cerca del 85% de sus tierras no están todavía demarcadas ni homologadas y continúan sujetas a contestaciones judiciales, a ocupaciones, invasiones y devastaciones, bajo la mirada indiferente cuando no complaciente y connivente de gobierno y de la sociedad.

Los negros llegaron en la condición no sólo de exiliados de su Africa nativa, sino también en la de mercancía esclavizada, traficada, subastada, comprada y revendida para todas las lides y trabajos de los campos y de las ciudades. Dominación, sumisión, esclavitud... connotan la desigual convivencia entre portugueses, indígenas y africanos, y afectan a la evaluación de las distintas contribuciones para la constitución de este “pueblo nuevo”, llamado brasileño. Para los negros, el fin de la esclavitud no fue un pasaporte hacia la condición de ciudadanos, sino para la marginación, pues la abolición se consumó negándoles tierra para trabajar y sin haberles dado escolarización para enfrentar la dura concurrencia de los inmigrantes europeos y japoneses en el mercado de trabajo.

A las “razas tristes” es pues menester incorporar la saga de los inmigrantes, piezas mayores en un conflicto de proyectos para que el país pasara de colonial a esclavista, asentado en la institución de la gran propiedad de la tierra, del monocultivo exportador (caña de azúcar, tabaco y algodón en el nordeste, café en el sur, oro y diamantes en el sudeste) y del trabajo esclavo. Mientras unos pocos, poco después de la independencia, soñaban en revolucionar las estructuras anteriores sustituyéndolas en su conjunto (la gran propiedad por la pequeña propiedad familiar, el brazo esclavo por el libre, el monocultivo por el policultivo, la exportación por la atención a las necesidades del mercado interno...), otros querían sólo “modernizar” las relaciones de trabajo cambiando esclavos envejecidos y obtenidos a un costo creciente por brazos inmigrantes asalariados, dejando intactos el gran latifundio y el monocultivo para la exportación.

El primer proyecto dominó aislada y subordinadamente en los márgenes de la gran propiedad exportadora, en algunos estados del sur, con las “colonias” de inmigrantes alemanes, italianos, polacos, de Rio Grande, Santa Catarina, Paraná. Allí los emigrantes recibieron pequeños lotes de tierra, para el cultivo familiar, abriendo el camino para un Brasil más igualitario y democrático. Esas tierras, sin embargo, fueron violentamente tomadas de los remanentes de las poblaciones indígenas que escaparon en las sierras del exterminio inmisericorde del período colonial.

El segundo proyecto prosperó en São Paulo y el sur de Minas, con las grandes haciendas inundadas por centenares de millares de emigrantes sin tierra, encaminados para las “colonias” de las haciendas, para sustituir en las cosechas del café a los esclavos. Valga como comparación, para tener una idea de la proporción: para el proyecto de los ciudadanos laboriosos y rendidores, para trabajar la tierra en régimen de pequeña propiedad, ingresaron en Rio Grande do Sul entre 1876 y 1914, 66.000 inmigrantes italianos; para el proyecto de “modernización conservadora” del latifundio, entraron en las haciendas de café , en São Paulo, cerca de un millón y medio de inmigrantes sin tierra.

No fue sin embargo en el siglo pasado, con la inmigración, ni en éste, con la constituyente de 1986-88, cuando se consiguió quebrar la fuerza del latifundio y obtener la reforma agraria. La hinchazón de las ciudades, las legiones de migrantes sin tierra y sin trabajo que deambulan por el país son la consecuencia más visíble de los frustrados proyectos de democratización de la tierra en el siglo XIX, de la fracasada abolición de la esclavitud con tierra para los libertos en 1888, y de la abortada reforma agraria del siglo XX.

Que los 500 años sirvan para soñar un Brasil con más igualdad y democracia, donde quepan todos sus hijos e hijas, en el respeto a la riqueza de su diversidad humana, cultural y espiritual.

Es en esta perspectiva en la que celebrarán las CEBs el X Intereclesial en Ilhéus, Bahia, en julio del próximo 2000, teniendo como tema “CEBs, memoria y camino, sueño y compromiso”. Ellas están programando encontrarse con los indígenas Pataxós en las tierras que Cabral pisó, para celebrar la resistencia y la contribución espiritual y humana de los pueblos indígenas, expresar su solidaridad para con sus luchas y realizar un gesto penitencial por nuestra parte, como Iglesia, por la tragedia y sufrimiento de los pueblos indígenas.

 

José Oscar BEOZZO

Brasil