Discernir sobre las raíces coloniales en América Latina: el Yo colonialista y su superación

 

Discernir sobre las raíces coloniales en América Latina: el Yo colonialista y su superación, Ivone Gebara, Sao Paulo

Una de las características de muchas de las sabidurías humanas y, en especial, de la sabiduría cristiana, es la auto implicación con el yo en todas nuestras acciones. Luchar contra el hambre es parte del ‘yo tuve hambre’. Luchar contra la sed empieza por el ‘yo tuve sed’. Luchar contra la exclusión empieza por sentirse abandonado o al margen. Mismo si uno no está con hambre, todos sabemos lo que es el hambre. Ella nos atraviesa desde el inicio de nuestra vida como algo constitutivo de nuestro ser. Por eso, todos sabemos que es el hambre y que es la sed, todos podemos saber que es estar desabrigado o ser prisionero. No se trata de otro diferente de mí en condición humana, pero diferente a nivel de situación temporal y de privilegios excluyentes. A partir de este razonamiento, al menos reflexivamente, se supera la separación entre el nosotros y el yo, el ser y el deber ser, entre la necesidad del otro y la mía. En el fondo no somos diferentes, aunque nuestras relaciones egocéntricas nos hacen creer que lo somos y como si fuésemos radicalmente separados.

En la misma línea de pensamiento más unitario e interdependiente, nos abrimos para el intento de superación entre lo personal y lo social, entre global y local como si no pudiésemos más existir de forma absolutamente individual, separada y autosuficiente. En ese sentido, por extensión lógica y para tocar en el tema que estamos reflexionando, cada uno/a de nosotros es también el sistema colonialista, cada uno de nosotros es capitalista a su manera y dentro de sus posibilidades. Por eso en lenguaje cristiano, nosotros nos declaramos todos/as pecadores, o sea, marcados por una desproporción entre nosotros y nosotros mismos que nos hace olvidar el rostro del otro e imaginar que podemos vivir sin él.

La fuerza del yo puede ser sensible a la presencia del otro diferente de mí, a pesar de que puede ser también esclavizadora y abrir abismos entre el yo, el tú y el nosotros. El pecado es, en ese sentido, la ruptura del ‘sí’ con el ‘nosotros’, como si pudiésemos existir separadamente. Es este espectáculo infernal de mutua destrucción que asistimos en los sistemas colonizadores, en las guerras, en la busca de intereses individuales en detrimento de la colectividad. Por esa razón, en las antiguas sabidurías y, en especial, en los evangelios, somos invitadas/os a siempre ser el yo y el otro. Mi alegría, mi experiencia de justicia jamás es un hecho aislado, pero implica en una continua relación con y entre los otros. En esa percepción, mismo que de manera imaginaria, mismo que sea por simpatía y aproximación física, tenemos que percibir que solo somos lo que somos porque las personas y los tantos componentes de nuestro mundo son lo que son. De esa forma, también las raíces coloniales y colonialistas nos habitan, porque son parte de nuestra historia humana común. Así, cuando vamos a levantar la voz para denunciar el colonialismo del pasado y el que se expansiona sobre nuestro medio, debemos, al mismo tiempo, susurrar para nosotros mismos la pregunta: “¿qué es lo que hiciste y lo que haces para mantener esta situación?”

En términos antropológicos, ‘colonizar’ es querer que el otro sea mi imagen y semejanza, que él/ella no aparezcan como diferentes y tengan autonomía. O todavía que ellos piensen como yo, actúen en favor de mis ideas e intereses como si mi palabra fuese palabra verdadera para todos. Lo diferente en el ser y en el pensamiento es una amenaza para mí, sacude mi seguridad, me introduce en lo desconocido, en lo imprevisible, en la duda, en el desespero de perderme. Por eso, el colonizador busca controlar y busca enfrentar y maltratar lo que lo asusta, lo que le molesta, lo que amenaza su cuerpo y sus posesiones. La respuesta al miedo del otro y al aprecio individualista de mí misma exige que el otro/a entre en mi ‘colonia’, o sea, en ‘mi grupo’ y reciban a la fuerza mi manera de pensar y actuar como si fuese la única. Por eso, se habla, por ejemplo, de colonia de hormigas, colonia de abejas donde se obedece a una ley interna inscripta en el mundo de esos insectos. Y se quiere hacer lo mismo con los seres humanos, como si la libertad, la diferencia y la creatividad no sean características propias de los seres vivientes que somos. Por esa razón, la palabra colonialismo significa una imposición o la aplicación forzada de la cultura de los colonizadores. Es el movimiento de un yo plural que se impone a los otros, el yo de aquellos que se juzgan mejores, más fuertes, más sabios, tal vez hasta más próximos de Dios. Tal comportamiento les permite dominar y explotar las personas, los recursos naturales de una región y hasta el derecho de implantar la cultura o la religión del país que se coloniza. El colonizado es considerado menos persona, objeto a ser moldeado según la voluntad del colonizador o simplemente eliminado.

Siguiendo los sucesos históricos de América Latina, podemos decir que el colonialismo es en su mayoría blanco, masculino, heterosexual, racista, misógino y cristiano. Fue así en el pasado y sigue así en gran escala en el presente, pues se le enseñó a los colonizados la escala de valores de los colonizadores. Tal vez esa dura acusación o constatación que hacemos sobre nosotros mismos/as nos cause espanto, pues tenemos el deseo de colocar el divino ideal cristiano del amor al prójimo como a nosotros mismos/as como exento de nuestra ganancia y deseo de dominación. Es como si nosotros, que hablamos de un mundo antiracista, ecológico y feminista, fuésemos exentos de la construcción de relaciones dudosas frente a los ideales a los cuales nos proponemos. Nuestra pretensión se sitúa todavía en una postura filosófica dualista en que el otro diferente aparece como separado de mí, como independiente. El otro, el colonizador, el corrupto es acusado. Si así fuera, bastaban algunas prisiones y las limosnas de todos los tipos que nos disponemos a dar para sanar el hambre y la sed de muchos. Si así fuera, bastaban los ayunos y sacrificios para dividir nuestro pan y transformar las relaciones humanas en todos los tiempos y lugares. No obstante, esta acusación es hecha también a nosotros mismos, guardadas las pro-porciones y las diferencias. Y esto no es para reforzar la culpa que nos caracteriza, sino para reforzar la res-ponsabilidad real que precisamos tener en el cambio de nuestro mundo, tanto local cuanto globalmente.

Y movimiento de cambio en vista de una responsabilidad colectiva de todos nosotros debería habitar a todos y a nuestras instituciones. Todos somos prisioneros y constructores de un sistema mundial injusto y excluyente, somos cautivos en tierra extraña y accionistas hasta con nuestros pequeños salarios de los bancos internacionales y nacionales. Mantenemos las injusticias, mantenemos muchas de las formas del colonialismo, inclusive religioso, creyendo que son apenas los otros, los grandes los más responsables. Sin embargo, somos juntos que tenemos que enfrentar el largo camino para otras relaciones posibles, para otro mundo de la economía y de la política, pues este ya está en fase de prenaufragio.

Nuestro lindo planeta azul está dando señales de cansancio por la explotación y la depredación de los humanos y, en breve, podremos hasta verlo explotar y dejar apenas marcas de una presencia en la vía láctea, caso no lo cuidemos como nuestro cuerpo mayor y nuestro bien común.

Estamos siendo inundados por noticias catastróficas sobre el calentamiento del planeta, derretimiento de los glaciares, la crisis climática, las tantas amenazas contra la vida a diferentes especies animales y vegetales. Todo eso se confunde y se mezcla con la falta de recepción al otro diferente, al pobre, al extranjero, a la viuda. Las guerras entre pueblos, los desplazamientos de tierra, el racismo – en sus diferentes formas – crecen y se agigantan en esa misma catástrofe. De hecho, estamos destruyendo el planeta y destruyéndonos como humanidad. Perdimos la brújula de la ternura mutua y del cuidado. Pero, la apuesta de la vida nos dice que no todo está perdido. En lo más hondo de nosotros mismos parece que oímos la esperanza y los cantos del profeta Oseas invitándonos a volver a la vida, a volver a Dios. Su voz hace eco en nosotros para salir de la prostitución de nuestros valores, para buscar de nuevo la vida en abundancia para todos.

Si no hacemos así, un nuevo diluvio como en aquel tiempo de Noé nos espera. Deshacernos de la ganancia que nos corroe, incluyendo la ganancia de modelos de bien y, de cierto modo, abrirnos para una ética decolonial que incluye la tierra y todos sus vivientes. Una ética que clama contra la construcción de la iniquidad colectiva, contra mi pereza y mi fatalismo y a favor de un éxodo de proporciones mundiales para un lugar más allá de esa ganancia destructiva. Ganancia que crece en nosotros como mala hierba destruyendo las plantaciones de trigo y corazones. Nuevos dibujos han sido ensayados, nuevos ritmos, nuevas danzas aprendidas en la certeza de que esa novedad puede tornar nueva nuestra “Casa Común” en América Latina y en los otros continentes.