Elogio de «la civilización de la pobreza»

Frente a la dictadura del consumismo la cultura de la sobriedad .

Elogio de «la civilización de la pobreza»

JON SOBRINO
 


Este es el tema que me han pedido desarrollar, y es importante. Me sugieren que lo haga actualizando el pensamiento de Ellacuría sobre «la civilización de la pobreza», lo cual no resulta fácil. Pero puede ser útil intentarlo para abordar en profundidad la «cultura de la sobriedad». Veámoslo.

1. Pensar el todo de la realidad

Ellacuría vivió en medio de graves responsabilidades: erradicar la opresión y la represión, fomentar la organización popular y una Iglesia de los pobres. Y al final mediar para poner fin a una guerra cruel. Sin embargo, porque quería ser eficaz al abordar esas tareas concretas, pensó «el todo» de la realidad que asoma en cada una de ellas. De ahí que, en sus últimos años, decía que quería pensar «el país».

Y sin alardes fantasiosos, también quiso pensar el «mundo en totalidad». El mundo «todo», no sólo esto o aquello, andaba mal. Le oí decir que la solución la tenía clara en teoría, aunque en la práctica la veía muy difícil, y asomaba la impotencia. Tenía claro que la solución es la «civilización de la pobreza», solución buena por sus contenidos, y necesaria pues sólo esa civilización puede superar «la civilización de la riqueza», responsable de la postración en que se encuentra «el mundo todo». Lo tomó absolutamente en serio, y así lo dijo en su último discurso en palabras muy fuertes y tajantes.

¿Cómo está la totalidad? «El coproanálisis, es decir, el estudio de las heces de nuestra civilización, parece mostrar que esta civilización está gravemente enferma», hasta el punto de que la tarea más urgente es «evitar un desenlace fatídico y fatal». La tarea no puede ser otra que «revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección». La condición para emprenderla remite a una totalidad escandalosa: «junto con todos los pobres y oprimidos del mundo», sin explicitar a otros. Y exige una actitud específica, contraria a todo facilismo y trivialización: «sólo utópica y esperanzadamente» [El desafío de las mayorías pobres, revista «ECA», 1078 (1989) 493-494].

De aquí se desprenden dos cosas para abordar «el consumismo», producto de una dictadura, y «la sobriedad», expresión de una cultura.

«La cultura de la sobriedad» deberá comprenderse y propiciarse desde una totalidad mayor: «la civilización de la pobreza». Y «la dictadura del consumismo», desde «la civilización de la riqueza». Y para que «la sobriedad» venza sobre «el consumismo» no basta apuntarse a la proclama «otro mundo es posible», «otra economía…», sino hay que apuntarse a trabajar arduamente «con todos los pobres y oprimidos del mundo».

2. Por qué mantener el término pobreza

La civilización de la pobreza es expresión políticamente incorrecta, malsonante, contracultural. Por ello es comprensible que se busquen términos distintos, como austeridad, austeridad compartida, sobriedad, lo cual puede ser útil pedagógicamente para no proponer un ideal social usando el lenguaje de pobreza, que parece contradecirlo. También Ellacuría habló de propiciar una civilización del trabajo, para oponerla a una civilización del capital. Pero más fundamentalmente mantuvo el término pobreza en cinco textos, el primero en 1982 y el último en 1989. Y es importante comprender el porqué.

Pobreza es, dialéctica y duélicamente, lo contrario a riqueza. Por eso hay que introducirla en una solución que quiera ofrecer una alternativa real, no idealista, a una civilización basada en la riqueza. No hay que erradicar sólo una civilización del despilfarro o del consumismo, a lo que se opone la austeridad y la sobriedad, actitudes primariamente subjetivas, sino más fundamentalmente hay que erradicar una civilización de la riqueza, a la que se opone la pobreza, realidades primariamente objetivas. Mantuvo la pobreza al pensar un mundo nuevo para contrarrestar la riqueza, en la que está basado un mundo viejo y de pecado. Así lo dijo programáticamente:

La civilización de la pobreza se denomina así por contraposición a la civilización de la riqueza y no porque pretenda la pauperización universal como ideal de vida… Lo que aquí se quiere subrayar es la relación dialéctica riqueza-pobreza y no la pobreza en sí misma. En un mundo configurado peca-mi-nosamente por el dinamismo capital-riqueza es menester suscitar un dinamismo diferente que lo supere salvíficamen-te [Utopía y profetismo desde América Latina, «RLT» 17(1989)170s].

A captar ese doble dinamismo le ayudaron los ejercicios de san Ignacio. Dicho sucintamente, riqueza y pobreza están en el principio de procesos que principian realidades concretas hasta llegar a configurar totalidades antagónicas. La riqueza lleva a los honores, estos a la soberbia, y de ahí a todos los vicios. La pobreza lleva a insultos y vituperios, estos a la humildad, y de ahí a todas las virtudes. El principio riqueza lleva a la deshumanización, y el principio pobreza lleva a la humanización.

Ambos principios están en relación dialéctica, son incompatibles. Y están en relación duélica, uno hace contra el otro. Parece ser evidente que el principio riqueza hace contra el principio pobreza, y por eso hay que insistir en la otra dirección: «de manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio o menosprecio contra el honor mundano; el tercero, humildad contra la soberbia» (Ejercicios Espirituales 146, subrayados míos).

En los ejercicios estos dinamismos configuran procesos personales, pero Ellacuría pensó que pueden configurar la realidad social. La civilización de la pobreza está en contra de la civilización de la riqueza. Y posee un dinamismo hacia mayores grados de humanización

3. La civilización de la pobreza

Ellacuría la formuló de varias formas, aunque convergentes. Veámoslo primero desde sus elementos constitutivos:

La civilización de la pobreza… fundada en un humanismo materialista, transformado por la luz y la inspiración cristiana, rechaza la acumulación del capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como principio de humanización [en lo que está basada la civilización de la riqueza], y hace de la satisfacción universal de las necesidades básicas el principio del desarrollo y del acrecentamiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización (Ibíd).

La humanización de la totalidad social puede formularse, bellamente, por ejemplo como civilización del amor. Pero necesita un mínimo de historización para ser eficaz y no quedar expuesta a la manipulación. Pronto lo captó Casaldáliga: «A la ‘civilización del amor’ debería añadírsele aquello que con expresión feliz designó el teólogo jesuita, español, vasco, salvadoreño, Ellacuría, como la ‘civilización de la pobreza’». [A los quinientos años: ‘descolonizar y desevangelizar’, RLT 16(1989)118]. Sin eliminar el sustantivo pobreza, Casaldáliga la cualificó después con el adjetivo solidaria, «civilización de la pobreza solidaria», en total sintonía con la idea de Ellacuría: «la solidaridad compartida es el fundamento de la humanización».

En un texto de 1983 preparado para la Congregaron General XXXIII de los jesuitas, Ellacuría reconocía que la pobreza es «una necesidad histórica» y lo será aún por muchos años en beneficio de minorías. En 1981 escribió que «el pueblo crucificado es siempre el signo de los tiempos». Pero esa pobreza, «en gran parte resultado de la explotación, puede asumirse activa y voluntariamente como un aprovechamiento y distribución de los bienes de la tierra que haga posible el que todos tengan acceso a los bienes materiales y culturales que permitan tener una vida verdaderamente humana» [Misión actual de la Compañía de Jesús, «RLT» 29(1993)119s]. Pensar así suena a «apuesta», pero por estas posibilidades hay que apostar para salvar este mundo.

Terminamos. Para que llegue a existir una sociedad humana, ciertamente hay que oponer sobriedad al consumismo, pues este genera despilfarro insultante y adicción, incrementa y sanciona la desigualdad social, impone lo inútil como necesario, mueve a los de abajo a invertir recursos en lo que no lleva a la solidaridad. Estos males, aunque importantes, son posteriores a los bienes primarios que busca generar la civilización de la pobreza: «alimentación apropiada, la vivienda mínima, el cuidado básico de la salud, la educación primaria, suficiente ocupación laboral» (Utopía, 171). «La gran tarea pendiente es que todos los hombres puedan acceder dignamente a la satisfacción de esas necesidades, no como migajas caídas de la mesa de los ricos, sino como parte principal de la mesa de la humanidad» (Ibid.) Para animarse a la tarea puede ayudar la meditación y asimilación de estas palabras:

Esa pobreza es la que realmente da espacio al espíritu, que ya no se verá ahogado por el ansia de tener más que el otro, por el ansia concupiscente de tener toda suerte de superfluidades, cuando a la mayor parte de la humanidad le falta lo necesario. Podrá entonces florecer el espíritu, la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del tercer mundo, hoy ahogada por la miseria y por la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos (Ibid.120).

La utopía de esa nueva civilización también puede orientar una nueva evangelización.

 

JON SOBRINO

San Salvador, El Salvador