Grandes Causas Hoy: Buen vivir, buen convivir

Grandes Causas Hoy: Buen vivir, buen convivir

Alfredo Gonçalves


¿Qué significan expresiones como «cambio de época», «transición de paradigmas» o «nuevo modelo civilizatorio»...? En su clásico estudio sobre La ciudad en la historia, Lewis Mumford se refiere a dos modelos arquetípicos contrastantes de vida urbana, el simbiótico y el depredador. Según el historiador,«no constituían opciones absolutas, sino que apuntaban en direcciones diferentes: el primero era el camino de la cooperación voluntaria, de la mutua acomodación, de la comunicación y del entendimiento más amplio. El otro era el de la dominación depredadora, que conduce a la explotación inmisericorde y, con el tiempo, al debilitamiento parasitario, siendo que el modo de expansión, con su violencia, sus conflictos... trasformaba la propia ciudad en un instrumento destinado a la extracción y concentración de excedentes».

También según Mumford, históricamente, «la herencia urbana se bifurcó». El modelo de la simbiosis con la natura/çleza y sus limitados recursos, en el que prevalece el cuidado maternal con el buen vivir y el convivir pacífico, dio lugar al modelo depredador, marcado por la dominación patriarcal, dispuesta a con-quis-tar todas las posibilidades del medio ambiente, de la fuerza humana y del patrimonio cultural. El diseño de la ciudad circular, como nido, útero, acogida, fue sustituido por el trazado rectilíneo, esquinudo, geométrico, donde el progreso de la matemática ejerce el papel central de cuantificar, calcular, hacer rendir. Los símbolos puntiagudos, como obeliscos y torres, predominantemente masculinos, desplazan a los vasos de barro y los cestos trenzados, utensilios redondeados de inspiración femenina.

No hace falta decir que en los países de Occidente de modo particular, la ciencia y la tecnología siempre estuvieron al servicio de un modelo fuertemente depredador. La ley de la selección natural, de Darwin, en El origen de las especies, acabó siendo aplicada implacablemente al desarrollo socioeconómico y po-lí-tico. La penetración de tierras vírgenes y la mercantilización de sus riquezas, junto a la destrucción de los pueblos indígenas, fue el rasgo fundamental del avance de la economía capitalista y neoliberal, primero mercantilista, después industrial y finalmente financiera. Evidente que la revolución industrial tuvo ahí un impulso gigantesco, culminando en lo que Eric J. Hobsbawm acuñó como «la era de los imperios».

Los resultados de este uso indiscriminado e irresponsable de los recursos naturales son bien conocidos. También son ampliamente conocidas las reacciones violentas de la naturaleza ante la acción igualmente violenta del ser humano sobre ella. A la violencia de un proyecto de crecimiento matemático a cualquier costo, el planeta responde de mal humor: sequías e inundaciones que se intercalan; inesperadas olas de frío y calor que difuminan los límites de las estaciones; tempestades inusitadas, como huracanes, tifones, ventiscas; migraciones humanas masivas con millones de «refugiados o migrantes climáticos»...

En esa perspectiva y sin la pretensión de desmentir la teoría copernicana, el planeta Tierra se encuentra hoy en el centro de innumerables debates. Cientí-ficos, movimientos sociales y ambientalistas, entre otras fuerzas vivas y activas, no se cansan de alertar ante la deforestación y la desertificación del suelo, la polución del aire y de las aguas, la emisión creciente de gases de invernadero, el derretimiento de los glaciares y el calentamiento planetario, el exterminio de numerosas especies de fauna y flora...

No basta conservar la vida humana, en una visión antropocéntrica. Valdría la pena volver a una relectura del libro del Génesis. En la alianza que Dios establece con el Pueblo de Israel, simbolizada en el arco iris, el texto insiste no sólo sobre la vida de los seres humanos. Las palabras son enfáticas: el pacto es firmado en nombre de «todos los seres vivos y todas las generaciones futuras». La voluntad de Dios es no sólo defender la vida en todas sus formas -la biodiversidad- sino también conservarla para la eternidad (Gn 9,12-17). Está en juego una nueva forma de relación con las cosas y con las personas. Producir, vender/comprar y consumir ha sido el ideal de la modernidad. Hoy es urgente repensar toda la civilización, en el sentido de una convivencia pacífica, fraterna, solida-ria con el planeta y con la naturaleza: ¡respetar el derecho de la Tierra a generar vida!

La protección de la vida, junto con los diferentes ecosistemas, sobrepasa el programa de cualquier país o nación, de cualquier religión o partido, de cualquier pueblo o cultura. Es una tarea universal, a la que na-die puede hurtarse. Cada especie de vida que desaparece de la tierra disminuye las posibilidades humanas de sobrevivir. Por todas partes crece la conciencia eco-lógica de que o salvamos la biodiversidad o perecemos junto con el planeta.

Según Pablo Suess, conviene recordar el concepto indígena del Sumak Kawsay (= buen vivir), de la nación quechua, ampliamente debatido en Cochabamba, Bolivia, en la Conferencia de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. De hecho, a la búsqueda de un nuevo paradigma civiliza-torio -justo, sostenible, planetario- está en juego una relación totalmente renovada, sea con el planeta y sus recursos naturales, sea con los seres vivos en general y con las personas en particular. No se trata de luchar por alcanzar el patrón de vida de los países centrales o de las élites de los países periféricos. La fiebre de consumo que ahí se promueve a través de estridentes formas de marketing, de propaganda y de publicidad, no se adapta al ritmo natural de las diversas formas de vida. Para mantener este patrón, millones de personas acaban siendo sistemáticamente excluidas, puestas al margen de la historia y de la vida misma.

El desafío para las Grandes Causas de hoy es la reconstrucción de un nuevo estilo de vida: frugal, responsable y equitativo. Para que el buen vivir y el buen convivir sea extensivo a todos los seres vivos, a la biodiversidad orgánicamente entrelazada -plantas animales y personas- es necesaria una tarea doble: por un lado, suprimir lujos ostensivos y escandalosos; por otro, combatir el hambre y la miseria en todas sus formas. En una palabra: el nuevo paradigma parte del presupuesto de que es necesario eliminar las asimetrías y desequilibrios que dividen continentes y países, así como estilos de vida extremosos dentro de una misma nación.

El nuevo orden mundial, asentado en el paradig-ma del cuidado y de la coexistencia responsable con la naturaleza y sus diversas formas de vida, lleva incorporada la necesidad de un toque femenino. No se trata solamente de una mayor participación de las mujeres en las decisiones sobre el modelo socio-económico y político-cultural. Se trata, antes que nada, de redescubrir el potencial femenino que reside en toda persona, hombre o mujer. Potencial que ha permanecido asfixiado por la agitación febril de la cultura de producir, hacer, aparentar y consumir.

Si es verdad que después de la crisis viene la encrucijada, ésta constituye el lado positivo de aquélla, pues crisis es sinónimo de ambigüedad. Pasada la angustia, el abatimiento y la perplejidad que toda crisis produce, viene la necesidad de levantar cabeza y seguir adelante. Y ahí nos encontramos con la encru-cijada, que presupone una doble toma de posición: por un lado, una apertura a las distintas alternativas que se presentan, al pluralismo cultural, social, políti-co y religioso; por otro lado, el coraje de reflexionar, profundizar las causas y consecuencias de la propia crisis, y de tomar nuevas opciones. En una palabra, en la encrucijada la crisis se vuelve fecunda, el desierto se manifiesta fértil y la oscuridad nos obliga a encender pequeñas luces. Luces que se traducen hoy en día en las miles de iniciativas populares que van brotando sobre el terreno, especialmente la economía solidaria, y que apuntan a la posibilidad de una civilización renovada, en la que la explotación y la acumulación de unos pocos será sustituida por la idea del buen vivir y del buen convivir

La vida enseña que, en las tragedias y las tempestades, el timón del barco acostumbra a pasar a manos de las mujeres. O al menos, prevalece el lado femenino de todo ser humano, el cual, en el remolino de las aguas bravas, prevalece por medio de la sabidu-ría y la paciencia de esperar el momento oportuno para tomar un nuevo rumbo. Mientras las olas son muy altas, es imposible avistar el faro y orientar la embarcación. Calmada la tormenta, entonces sí, la luz pasa a iluminar la noche oscura, posibilitando remar con seguridad en dirección a puerto. Encrucijada, por otro lado, es un momento oportuno para consultar las raíces y las fuentes del proyecto original, para volver a la cuna materna. Por más adultos y crecidos que seamos, en los momentos de crisis regresamos al pecho de la madre. Pero esa vuelta sólo tiene sentido en la medida en que nos sirve para fortalecernos y hacernos avanzar hacia la frontera. En las crisis, los débiles y nostálgicos se refugian en la cuna, mientras los adultos, energizados por la leche primordial, se sienten desafiados por los embates de la historia y del futuro, por las grandes Causas, o por la necesidad de reciclar y recrear la civilización misma.

 

Alfredo Gonçalves

São Paulo, SP, Brasil