La mística en los movimientos sociales

La mística en los movimientos sociales

Ademar Bogo


Hablar de mística nos hace pensar en misterio, en cosas que suceden para las que no tenemos explicación. También, despierta en nosotros la sensibilidad y la admiración hacia actitudes o acontecimientos que diferencian los comportamientos entre los seres humanos. Mientras unos quieren ir más lejos en la superación de los desafíos, otros se conforman en quedarse cerca, en lo más cómodo.

Mística es esa fuerza extraña que habita la interioridad de quien lucha y anima a luchar por la realización de las Grandes Causas de la Liberación. Lucha y no desiste. Arriesga la vida individual, para que la vida colectiva se desarrolle y venza la muerte de la explotación y de la violencia.

Hay tres maneras diferentes de interpretar esta fuerza extraña que acompaña a la militancia: a) mediante la teología, que la entiende como espiritualidad, en la que se cultivan los valores y la persistencia; b) con las ciencias políticas, ante las que aparece como carisma, cualidades especiales colocadas al servicio de la colectividad, y c) con la filosofía, para la que la mística es motivación y práctica de valores.

La mística se manifiesta a través de la cultura en sus tres ejes formadores: pensar, hacer y sentir, juntamente con la práctica del compañerismo, la solidaridad, la lealtad, etc., integrándose con el arte, la estética, la música, la educación, el trabajo voluntario, el cuidado y la lucha.

Son tres formas de decir lo mismo, intentos de explicar las grandes manifestaciones de una fuerza inexplicable que se da en el corazón de quien lucha por la liberación.

En América Latina, los movimientos sociales, principalmente campesinos e indígenas, originados en la necesidad de tierra para producir alimentos, descubren en sí cualidades ignoradas por las fuerzas políticas partidarias tradicionales, como: capacidad de organizarse, de planificar la acción, de formar líderes, de editar sus propios periódicos, de producir alimentos, de transformar la realidad y de transformarse a sí mismos; todo en comunidad. Descubren a través del estudio de la filosofía y de su propia práctica, que la mística es el ánimo despertado por el amor a todo lo que vive y necesita ser cuidado, como bienes de la naturaleza y de la historia.

Aunque haya diferencias regionales, étnicas y culturales, hay un sentimiento de pertenencia que articula todas las fuerzas en la lucha por las mismas Causas: la defensa de la tierra, del agua, de la biodiversidad, y de las simientes que garantizan la soberanía alimentaria de cada pueblo.

Decían nuestros antepasados que los seres humanos se diferenciaron de los animales cuando desarrollaron la capacidad de producir sus propios medios de vida, con sus propias manos. Con ellas continuamos produciendo, cuidando y asegurando las banderas que animan las luchas en todo el mundo.

La mística, entonces, es la energía creativa que no permite cansarse ni desistir. Es esa fuerza extraña que no se puede explicar, tocar ni medir, sino que sentimos que nos impulsa a luchar y a cuidar las conquistas alcanzadas. La mística es el calor que el cuerpo humano necesita para continuar caliente y vivo.

La fuerza de las simientes

En la militancia, la mística es como la fuerza de germinación que tienen las semillas. Así despertaron a la historia los movimientos sociales. Descubrieron la potencialidad de los cambios que dormían en el corazón de América Latina, y pasaron a creer en su propia fuerza de transformación.

Cuando iniciamos el MST en Brasil, en 1984, los agentes de la Pastoral de la Tierra y los sindicalistas eran perseguidos, y muchos, juntamente con los posseiros y los trabajadores sin tierra, fueron asesinados.

Con lágrimas en los ojos enterrábamos nuestros mártires, como si estuviésemos plantando en la tierra una simiente, y, al contrario de lo que esperaban los asesinos, en vez de desistir, nos comprometíamos a continuar en la lucha, siguiendo su ejemplo.

Esa violencia que intimida es también escuela para la resistencia. Las tácticas de enfrentamiento siempre son respuesta a la violencia de los enemigos. Si nos estaban matando era porque nos veían aislados. La clave era juntarse, sumar fuerzas. Surgieron entonces los asentamientos, hermosas escuelas de autodefensa, en las que un conjunto de familias, no solamente confirma aquello de que «la unión hace la fuerza», sino que hace aflorar los carismas adormecidos de cada uno, de una multitud de hombres y mujeres en lucha por la tierra, en las muchas luchas por el territorio.

Llamados por su nombre o por los apodos, surgieron líderes, cantores, poetas y animadores. Se levantaron escuelas y en ellas se forjaron maestros, formadores de conciencia, de ejemplos y de valores. De esa forma no solamente la tierra pasó a cumplir su función social, sino que también las personas pasaron a descubrir sus funciones sociales y políticas.

Así, los largos años de espera por la tierra, acampados bajo toldos de lona, no significaron una pérdida, sino una ganancia, ganancia en formación y en organización popular. Pierde quien abandona la lucha, pero ninguno quiere abandonar un lugar en el que llegó a hacerse sujeto.

El ánimo para afrontar las dificultades siempre vino de la solidaridad entre aquellos que luchan. Por eso, la mística no solamente ha ayudado a transformar el latifundio en tierras habitadas y cultivadas, sino que, sobre todo, ha cambiado a las personas por dentro, que han pasado a ser más sensibles a los problemas ajenos y a empeñarse en resolverlos como suyos.

Sin mística no se habría dado esta historia. Las masas habrían cedido enseguida en su resistencia. Los líderes se habrían corrompido y se habrían aliado con los criminales, y la tierra estaría todavía más dominada por la gran propiedad, y no hubiera servido para generar cultivadores respetuosos.

La mística en el proyecto popular

Hay tres elementos que pasaron a ser fundamentales en la historia de las luchas sociales en las que la mística se presenta como incentivadora de transformaciones: la organización, la Causa y la conciencia.

La organización es el instrumento de lucha. Los tiempos vividos han enseñado que desorganizado o disperso, el pueblo no tiene fuerza, ni ánimo, ni condiciones de afrontar a los creadores de violencia.

La Causa es el proyecto, la razón por la que se lucha. La mística necesita perspectivas, mirar al horizonte, donde reposan los sueños mientras esperan la llegada de las marchas. El proyecto es el conductor de la marcha que une las distancias históricas del pasado y del futuro.

La conciencia es la sabiduría adquirida que aparta la ignorancia y la ingenuidad de las relaciones sociales y políticas. El autoritarismo y la centralización son combatidos con la participación de hombres y mujeres que aprenden, como arquitectos, a decidir su propio destino.

El proyecto popular se denomina así por ser una contraposición al proyecto de las élites capitalistas. No significa que esta formulación niegue la importancia de las clases como protagonistas de los procesos transformadores.

La mística del proyecto popular en construcción en toda América Latina es la motivación participativa en formas simples de organizaciones; en ellas se simplifica la estrategia política y el horizonte queda al alcance de aquellos que jamás fueron considerados fuerza importante para trazar el rumbo de las transformaciones. Luego, no importa dónde luchamos, sino por qué luchamos. Estas fuerzas articuladas constituyen la nueva forma de realizar la lucha de clases, para superar la vieja explotación del hombre por el hombre.

Las masas populares, a su modo, sustentan un proyecto de cambios. A nadie le gusta pensar que un hijo que todavía va a nacer, heredará la miseria de sus padres. Al contrario: los que todavía van a nacer, se enorgullecerán en el futuro por habernos tenido como alimentadores de esperanza, porque, por más que nos centremos en las conquistas inmediatas, es en ellos en quien estamos pensando.

La mística del proyecto popular es la elaboración colectiva del pueblo que se rebela contra la élite explotadora y opresora. Las formas organizativas varían, sea en categoría organizada, o en clase estructurada o en el territorio o en la vivienda, lo que importa es el movimiento que cada fuerza hace para ir colectivamente en dirección hacia la misma transformación.

Los movimientos sociales tuvieron la osadía de construirse sin manuales. Por eso nació con ellos una nueva conciencia y una forma nueva de ser sujetos de la historia, con una mística que impide que sean destruidos.

La mística en este caminar es más que lo que el alimento del caminante; es también el hambre que no deja parar ni dormir hasta no llegar al lugar deseado. El sujeto de esta historia ya no vive para sí, sino para su colectivo. La certeza de que esta Causa vencerá está en que hemos aprendido a caminar unidos de la mano: así, nadie quedará perdido por los caminos de la historia.

Ademar Bogo

Asesor del MST, Teixeira de Freitas, BA, Brasil