Libertad y neoliberalismo

Libertad y neoliberalismo

Néstor O. Míguez


Hace ya casi dos mil años el apóstol Pablo escribía: «hermanos/as, a la libertad fueron llamados; solamente que no usen la libertad como ocasión para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros, porque toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero si se muerden y se devoran unos a otros, miren que también se destruirán unos a otros. Digo, pues: anden en el Espíritu, y no satisfagan los deseos de la carne». (Gál 5,13-16).

Más allá de las dudosas interpretaciones que la última frase ha recibido a lo largo de la historia, creo poder afirmar que debe haber pocas expresiones más claras contra la propuesta neoliberal que hoy nos invade. Mucho antes que el individualismo y el consumismo permearan la cultura dominante, ya Pablo de Tarso intuyó el peligro que produciría para los humanos una lectura egoísta de la libertad, asociada a un espíritu de competencia.

Si la fe cristiana tuvo sus apóstoles, también el neoliberalismo los tiene. Uno de sus primeros y más influyentes voceros, Friedrich von Hayek, lo expuso claramente: sustenta la idea de que sólo el extremo individualismo y un sentido absoluto de propiedad privada realizan la vocación humana. En su concepción, los instintos gregarios y la solidaridad son formas primitivas de ser humano, etapas anteriores en el camino de la civilización. Para asumir la verdadera realización final (casi planteada en términos evolucionistas) de la especie humana es necesario afirmar su racionalidad profundamente individualista. Ésta expresa su condición «natural». Se puede decir que este ser «para sí», no tiene que ver con su conciencia de ser, sino con su inagotable egoísmo, un ilimitado afán de posesión. La persona «es» en la medida en que posee. Ser libre es ser dueño. Sólo la libre competencia en todas las esferas de la vida produce la verdadera libertad. Esto es un «don» del libre mercado, y cualquier interferencia no hace sino alterar las posibilidades de expresión de la persona.

Cuando intentamos organizar las cosas desde otros principios y se ponen reglas ajenas a este juego de intereses, nos dice Hayek, sólo complicamos las cosas y el resultado es confusión, opresión y miseria. La «invisible mano del mercado» debe ser puesta a salvo de cualquier interferencia. Por lo tanto el Estado (y, por ende, la política) debe ser reducidos a su mínima expresión. Lo mismo los sindicatos, porque coartan la libertad de negociación del patrón y el obrero al incluir intereses corporativos ajenos al mercado mismo (como si el mercado de trabajo subsistiera sólo en la contratación individual). Las demás instituciones deben existir apenas lo necesario para que el mercado opere libremente. El Estado cumple una función policial que garantiza la propiedad de los propietarios (sin indagar cómo llegaron a serlo), y allí debe terminar su injerencia. «Menos Estado, más libertad», es el grito de ese anarquismo de los poderosos.

Por supuesto, representa los intereses de las clases ricas, las que acaparan más del 85% de los bienes y servicios a nivel mundial, aunque sólo constituyen menos del 15% de la población. Esa élite global impone sus deseos y modos de consumo al resto. Así, el 85% restante es arrastrado a pensar que la buena vida es consumir lo que consumen los ricos, y quedan cautivos por ese deseo. Es la nueva forma de la esclavitud. En la antigüedad los esclavos estaban encadenados con grilletes de hierro. En el capitalismo industrial, el obrero estaba cautivo por la cadena del salario, que lo sometía a la explotación del patrón. En este capitalismo consumista el instrumento de sometimiento está dentro de la persona, es la cautividad del deseo: la persona es expuesta, a través de la propaganda y la presión social de las ideologías dominantes, a comportarse como un consumidor compulsivo. Consumidor de bienes que nunca podrán satisfacerlo, porque la lógica de la ansiedad instalada es que cuando uno compra un bien ya está apareciendo otro que lo superó y que alienta un nuevo deseo. Y así se envenena al planeta con desperdicios.

Democracia es mercado libre, afirmaba la administración Bush, e impuso esa «libertad» a sangre y fuego en muchos países. Claro, para hacerlo lo hace desde el Estado más poderoso, el más endeudado del mundo, con un aparato militar exorbitante que hace de gendarme universal. Esa conjunción de fuerzas militares, económicas y políticas que se alían en la empresa neoliberal es lo que llamamos “Imperio”. En nombre de la libertad posmoderna, fragmentaria, ese imperio invade países, comete genocidios, y los llama «daños colaterales», o combate al «terrorismo» con actos terroristas. Porque una cosa es lo que el neoliberalismo afirma, y otra lo que hacen luego sus beneficiarios. Son los herederos de la hipocresía farisea. El dios Mercado no vive sin sacrificios humanos: sujeción de los vivos a sus políticas de ajustes de hambre y millones de muertos entre los pobres y desheredaros del mundo. Porque para ellos defender la vida del pobre es «romanticismo inútil». Su utopía es un mundo sin utopías, puro pragmatismo. Aunque, en el fondo, su ideología es una utopía en el sentido negativo: algo que nunca puede tener lugar.

Es que el Evangelio según Hayek, con sus paralelos en Milton Friedman y los otros ideólogos neoliberales, es el antievangelio. «Bienaventurados los ricos, felices los poderosos, porque de ellos son los reinos de esta tierra». El egoísmo es una virtud salvífica y el amor un pecado mortal. El otro es la amenaza a mi libertad. La única preocupación humana debe ser realizar el deseo propio (aunque en realidad sea un deseo inducido por la propaganda, el verdadero «deseo de la carne»). La tensión de los diversos intereses en disputa sólo se resuelve mediante el libre juego de la competencia, nos dicen. Y la mano invisible del mercado se encargará de ello. Pero esto trae, a la larga y a la corta, el triunfo de uno de ellos y la aniquilación del otro. Lo que no explica la propuesta neoliberal es que cuando la competencia es por los bienes vitales, perder significa la frustración, el desamparo, morir.

La libertad que se propone en el mensaje y la práctica neoliberal es la libertad para el zorro en el gallinero. Los resultados están a la vista: la acumulación de riqueza en un sector muy minoritario de la población mundial, principalmente sus elites financieras. Y por otro lado, pobreza y exclusión, desempleo, desactivación de servicios sociales, de educación y salud, no sólo en los países periféricos sino también en los países desarrollados. Por lo tanto, conceptos como solidaridad o justicia social quedan como expresiones de un pasado tribal a ser superado, como un resabio romántico a ser dejado atrás. Explícitamente dice que el amor al prójimo no puede guiar la vida social, y apenas ha de aplicarse en el seno de la familia íntima.

En el neoliberalismo predomina el sentido negativo de la libertad: estar «libre-de» la responsabilidad hacia los otros, quedando «libre-para» satisfacer mis deseos individuales (si bien inducidos por las políticas comerciales). Desde el Evangelio, y desde la experiencia popular, la libertad es otra cosa. Desde la vida de los pueblos, la «libertad-de» tiene sentido si nos despojamos de esos deseos fatuos con los que pretenden controlar las conciencias: libertad de las políticas imperiales que siembran destrucción y muerte, libertad de los condicionamientos ideológicos y sistemas que nos hunden en la miseria y marginalización. Aquí predomina el sentido positivo: libertad es la capacidad de poner en juego las visiones y esperanzas que nos impulsan a colaborar junto con otros, a los emprendimientos colectivos. La libertad popular se nutre de la realización de una justicia que asegure para todos las condiciones fundamentales de alimento y vestido, salud y educación, el trabajo creativo y la vida social y familiar. No está atada a la propiedad sino a la posibilidad de una buena vida, el buen vivir/buen convivir, que siempre incluye el valor de la amistad, el sentido del compartir, la alegría de la celebración. En el texto que citamos al principio, Pablo nos dice que la verdadera libertad es liberarse de los deseos egoístas para poder descubrir el gozo de servir a los otros por amor. «Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley», afirma unos versos más adelante (Gál 5,22-23). Las «virtudes neoliberales» de riqueza, egoísmo, competencia, acumulación, no figuran en esta lista.

Libertad es, entonces, la posibilidad de encontrarnos en las tareas creativas, de descubrir un amor que se regocija en el bien de otros, que no ve a los demás como competidores sino como hermanos y hermanas de quienes puedo aprender, con quienes puedo disfrutar, pensar y construir un futuro de plenitud. La libertad, en el sentido bíblico, que refleja la experiencia y visión de los pueblos, no es una condición, un estado, o una virtud. Es una práctica. Es «la práctica de la libertad» lo que nos hace libres. La práctica de la libertad que no devora ni consume al otro, sino que, antes bien, lo alimenta, lo sustenta, le ofrece la mano visible del amor, no la invisible de un mercado donde nada es realmente libre. Es el amor quien nos permite conocer la verdad, y «la verdad nos hará libres».

 

Néstor O. Míguez

Buenos Aires, Argentina