Práctica teórica: leer y recrear la realidad y sus símbolos

Práctica teórica: Leer y recrear la realidad y sus símbolos
 

Nilo Zárate


Re-leyendo la historia de nuestro Continente latinoamericano reconocemos ciertas configuraciones comunes a todos los pueblos en las que la imaginación de nuestra gente ha buscado, ya desde siempre, inserir nuevas formas, nuevas posibilidades de ser, ensayando nuevas identidades, nuevos valores universales. El pensamiento utópico de nuestros pueblos siempre se aventuró a resucitar y reanimar las promesas no cumplidas del pasado, soñando siempre un mundo mejor. Han ido creando un lenguaje común alrededor de estos viejos y nuevos valores de una convivencia más fraterna, más ecológica, de la posibilidad de otro mundo posible. El famoso Yvy marane’y (la «tierra sin males») de los guaraníes es un ejemplo de cómo ya nuestros antepasados ensayaban este lenguaje utópico, no en el sentido de invocar algo que «todavía no es», sino de moldear sus vidas continuamente para alcanzar esa «tierra sin males», en un sentido no sólo místico-utópico, sino también ecológico y hasta económico...

Muchos de los poetas, profetas, pensadores y teólogos de estas tierras han narrado nuestra realidad intentando entender o capturar en la palabra lo que en la concreta realidad era difícil de describir, entender o aceptar. Con sus relatos creaban continuamente en nosotros la necesidad de pensar, reflexionar y transformar nuestra propia realidad. Denunciaron, escribieron, describieron, pensaron e intentaron nuevas alternativas de convivencia social, en contraposición a diversas prácticas de imperialismo y sometimiento. Nuestra historia, como pueblo que buscó siempre liberarse de la opresión, ha generado símbolos de resistencia y de aguda profecía, que fueron configurando nuestra experiencia concreta sobre todo en términos de búsqueda universal de un mundo mejor.

Entre esas gentes se encuentra Mons. Romero, en el caso de Latinoamérica, uno de los profetas de nuestro tiempo, pastor entregado que no huyó cuando los lobos atacaban el rebaño, y que se convirtió en el “símbolo máximo de la opción por los pobres y de la teología de la liberación, símbolo máximo del conflicto de la opción por los pobres con el Estado, y símbolo máximo del conflicto de la opción por los pobres con la Iglesia institucional” (JM Vigil).

Retomar aquellas palabras, aquellos símbolos, es re-leer, re-interpretar y re-proyectar la historia de nuestra identidad, que ya es rica en esos intentos de transformación de la realidad. Recurrir a la memoria, a la memoria de los testigos del pueblo, se hace imperioso para todo trabajador social, para todo comunicador, para todo militante. Este bagaje cultural de lucha a favor de un mundo más humano, en el que descubrimos creencias, valores y utopías, debe ser re-leído creativamente, para que encuentre una nueva manera de describir y transformar la realidad.

Por esto los militantes están llamados a ser verdaderos comunicadores-trasmisores de estas creencias, estos símbolos, valores y utopías. Están llamados a comunicar sus propias experiencias, y a pensar las experiencias de los demás; leer y re-leer los símbolos de nuestra cultura; descubrir en la cultura los valores proclamados y practicados para pronunciarlos, re-crearlos y practicarlos de nuevo.

El militante “comunicador” es, también, un buscador y creador de nuevos símbolos, de nuevos valores. Realiza el servicio de comunicar con la fuerza de la palabra, del pensamiento, de la acción, de la teoría... toda nuestra capacidad de trasformar y construir un mundo más humano.

Se hace urgente así descubrir, apreciar y trasmitir las creencias, los valores, las posibilidades y las utopías del “otro mundo posible”. En este sentido, se debe ofrecer y poner, delante mismo de los ojos de nuestros pueblos, las interpretaciones de nuestra realidad que provoquen en ellos una llamada a la liberación de todas sus propias posibilidades. Así estaríamos respondiendo a los desafíos o grandes solicitaciones de nuestra realidad y nos aventuraríamos a crear las nuevas posibilidades de ese mundo llamado “reino”, ampliando nuestro horizonte de existencia y modificando nuestras pautas de comportamientos. Sólo así, en el trabajo de interpretar nuestra realidad y de desvelar el sentido de nuestra historia, descubriremos y apreciaremos nuestra propia identidad y la moldearemos conforme a los desafios de ese “otro mundo posible”.

En concreto estamos llamados a re-leer la historia de nuestros pueblos, los grandes relatos de vidas de nuestras gentes, para crear conciencia crítica y recrear nuevas utopías. Ejercer nuestro poder de proyectar un mundo mejor. Así tendremos la posibilidad de una acción histórica que dé sentido al futuro, y busque, con ese mismo actuar, las soluciones a los problemas contemporáneos de nuestra gente.

Los militantes se mueven entonces entre dos polos: un pasado a recordar -ya cargado de intentos de liberación, de prácticas, de símbolos y de signos- y el futuro a proyectar, un futuro con nuevos valores y nuevos símbolos, que nacerá de la creatividad práctica de todo luchador del reino. En el actuar de los seres humanos tratamos de descubrir las intenciones buenas y no nos dejamos envolver por el pesimismo de que la historia quede rebajada a lo negativo: guerrillas, corrupción, falsedad, imperialismo... Pero no dejamos de leer y reconocer en la historia situaciones conflictivas que exigen de nosotros una praxis directa de intentos de cambio. En síntesis: creemos en la capacidad de los seres humanos para buscar el sentido de la historia y para procurar su transformación.

Queda así claro -y como un desafío- que hacer un poco de interpretación, un poco de teoría, no nos aleja del deseo de intervenir activamente en el cambio de nuestra realidad. La obligación moral de pensar nuestra realidad, leer nuestra historia, interpretar los acontecimientos, nos debe llevar a unir estrechamente la praxis y la teoría, sabiendo que hacer teoría no nos aleja del pensamiento comprometido, porque nuestro interés por la realidad, la vida de los humanos, es un interés comprometido. Nosotros preferimos interpretar la vida de los hombres y mujeres bajo la óptica de la confianza en el propio ser humano. La nuestra debería ser una comprensión interesada y comprometida de la historia. Porque queremos entender, comprender el presente de nuestra gente a través de nuestro pasado, cercano o lejano, para poder proyectar una transformación, un futuro mejor.

Muchas de las soluciones propuestas para nuestra historia, paradójicamente, apartan la vista de la historia presente, es decir, de una descripción crítica de la historia. Nosotros no apartamos la vista de esta descripción crítica, pero reconocemos que tampoco podemos renunciar a la búsqueda teórica (praxis teórica) de ciertos fundamentos constitutivos de nuestra condición histórica, de ciertos valores simbólicos fuertemente arraigados en nuestra propia sociedad, de la interpretación que podamos hacer de los esfuerzos históricos de los seres humanos por comprenderse y por trasformar este mundo. Uno de los trabajos que debe realizar el militante es recuperar esta práctica teórica: leer y re-leer los grandes símbolos liberadores de nuestra sociedad, y re-crearlos, de nuevo.

La lectura de los relatos y acontecimientos de nuestra historia, de nuestra gente, puede darnos una pista para asumir la historia de nuestro Continente, que está cargado de historias de seres humanos que en medio de las contradicciones de la vida buscaron remediar y asumir la propia historia intentando cambiarla para bien. En base a nuestra historia, a nuestras experiencias buenas o nefastas, debemos pensar nuevas alternativas. Esta re-lectura, esta interpretación de nuestra realidad, crearía en nosotros la necesidad de re-figurar nuestra historia, proyectar nuestro futuro, poner en movimiento todas nuestras potencialidades propias, para construir ese «otro mundo posible».

Leyendo y releyendo nuestra historia, nuestras raíces ancestrales y nuestras utopías permanentes, esas «Grandes Causas de la Patria Grande», nos preguntaremos:

¿Qué es hoy América Latina? ¿Cómo conservar viva y en crecimiento su identidad? ¿Cómo expresar hoy, con palabras y alientos nuevos, esas permanentes «Grandes Causas de la Patria Grande»? ¿Dónde están, cómo rescatar y dónde colocar a los Próceres y Héroes nacionales en este nuevo mundo mundializado?

¿Qué tipo de sociedad necesitamos? ¿Qué tipo de educación liberadora necesitamos? ¿Qué tipo de salud? ¿Qué tipo de política? ¿Qué tipo de iglesia queremos? ¿Qué tipo de comunicación?

¿Cómo caminar hacia un mundo plural, diverso, respetuoso con todas las identidades y las peculiaridades idiosincráticas? ¿Cómo mantener vivos los valores autóctonos que han dado siempre el colorido identitario de los diferentes Continentes? ¿Cómo podemos, cada uno de nosotros, ser fieles a lo que somos y sin dejar de ser ciudadanos de la «aldea mundial», cosmopolitas del Universo? ¿Cómo podremos recrear todos estos símbolos y poner todo nuestro corazón en alimentar estas llamas en los corazones de nuestros hermanos y hermanas? ¿Cómo leeremos y recrearemos nuestra realidad y sus símbolos?

Nilo Zárate

Asunción, Paraguay