Tentaciones de hoy

TENTACIONES DE HOY

Pedro CASALDÁLIGA


Temo mucho que hoy día la gran tentación triple (como las tres tentaciones de Jesús) pueda ser:

•renunciar a la memoria

•renunciar a la cruz

•renunciar a la utopía.

Teologalmente hablando, renunciar a la memoria sería renunciar a la fe. Renunciar a la cruz sería renunciar al amor. Y renunciar a la utopía sería renunciar a la esperanza.

a) Bajo el subterfugio de paz, de amnistía, se les pide a nuestros pueblos que olviden la tortura, la masacre, la colonización, y hasta el hambre y la miseria. Con mucha frecuencia la «amnistía» oficial se reduce a una oficial «amnesia» y a una sarcástica impunidad. Ya sabemos cómo todos los imperios conquistadores han hecho hincapié en destruir la memoria de los pueblos sojuzgados.

Para nuestra América, decía un escritor, «América Latina tiene futuro si olvida el pasado». Nosotros decimos todo lo contrario. Sólo recordando muy bien nuestro pasado y sus Causas y su sangre y sus mártires y sus verdugos podremos asegurarle a esta Patria Grande un buen futuro.

b) La posmodernidad proclama el bienestar, la sociedad el bienestar, como el ideal de la sociedad humana. Un bienestar que en instancia concreta y radicalmente egoísta se reduce a vivir según el instante y el instinto. Por otra parte, en el mundo entero, y sin apelar a la posmodernidad, todos queremos legítimamente un cierto mínimo bienestar. El bienestar máximo es lo que quiere Dios para todos y todas y todos los pueblos en el tiempo y más allá. ¿No sería el Reino el sueño de bienestar que Dios nos desea?

Yo siento que últimamente, entre nosotros también -en ciertas teologías y propuestas espirituales- se viene insistiendo mucho en la gratuidad, el sereno equilibrio del alma y el cuerpo, el ocio, la autestima, hasta la tolerancia decretada por la ONU como consigna mundial para el año de 1995... Todas esas propuestas, bien condimentadas con la sal del evangelio, serían más que aceptables. Es posible que en las últimas décadas de acérrima militancia y a lo largo de siglos de una espiritualidad hirsuta hayamos olvidado la serenidad, la gratuidad misma, la alegría de vivir. Pero me temo que muchos están llegando a canonizar una especie de «hedonismo evangélico», y ahí san Pablo ya condenaría la negación de la cruz.

c) Estamos hartos de oír, y de repetir también, que las utopías se han venido abajo. (Por eso mismo quizás hemos entrado en esa «topía» rastrera del mercado total). Se nos quiere convencer de que hemos llegado ya al «no va más de la historia». Más aún; los señores de este mundo pretenden que aceptemos que para la inmensa mayoría de la humanidad ni siquiera hay historia posible. Hoy ya definimos a los pobres no sólo como empobrecidos, sino como «excluidos». Los mismos sindicatos, otrora militantes quizá, han pasado a ser, en muchos lugares, «sindicato de resultados»: sólo vale lo que se pueda conseguir hoy.

A este propósito recuerda la parábola de Eduardo Galeano en su libro Las palabras andantes : el hombre -o la mujer- ve el horizonte luminoso y se acerca a él, y a medida que el hombre o la mujer se acercan a él, el horizonte huye siempre más adelante. Y el hombre y la mujer preguntan decepcionados: ¿para qué nos sirve el horizonte pues? La voz responde: para que siempre sigan andando. Ese horizonte es la utopía.

Si ya no hubiera posibilidad de utopía no habría posibilidad de humanidad.