Una pequeña Gran Causa

Una pequeña gran causa

Frei Betto


Asumir la defensa de Grandes Causas no siempre encuentra reciprocidad en la defensa de las pequeñas.

Esa práctica de dos pesos y dos medidas es común entre militantes de la utopía libertaria. Fieles a la Causa, son infieles cuando se trata de pagar un salario justo a sus empleados. Cuidan del partido, no de su hijo enfermo. Son incapaces de tener paciencia con la hija dependiente química.

Tuve un hermano de apodo Tonico. Nuestra diferencia de edad era de 17 años. Nuestra distancia se agravó en los cuatro años en que estuve preso bajo la dictadura militar brasileña. A fines de 1973, al dejar la cárcel, yo tenía 29 años; Tonico, 12. Al volver a la familia, conviví con él por primera vez.

Me extrañaron algunas actitudes suyas. No le gustaban los estudios, y parecía tener dificultad para concentrarse. En compensación, tenía talento para dibujar y pintar, y su habilidad mecánica hacía de él un experto en el arreglo de motos.

Aunque no soy psicólogo, vi que su comportamiento no era normal. Sugerí a mis padres que llevaran a Tonico a un especialista. No hicieron caso. Mi padre era contrario a todo lo que se refiriese al universo freudiano.

A principios de 1974, fui a vivir a una favela de Vitória, comprometido en el trabajo con las Comunidades Eclesiales de Base. Al volver a Belo Horizonte de visita a la familia, de nuevo percibí algo extraño en mi hermano. La escuela le interesaba cada vez menos, se mostraba huidizo y había adquirido una moto contra la voluntad de mis padres.

Pronto descubrimos que Tonico había entrado en el mundo de las drogas. Fue inducido por amigos que, incluso le facilitaran la moto. Además del uso eventual de marihuana, se hizo adicto a tomar jarabes para la tos, que contienen codeína, derivada del opio, entonces vendidos libremente en farmacias.

Nuestro benjamín pasó a ser el problema de la familia. Mis hermanos hacían lo posible para consolar a mis padres y para contenerlo cuando tenía crisis de agresividad. Pero quien lidia con dependientes químicos sabe que desarrollan una especial capacidad para las artimañas. Son doctores en el arte de mentir, tergiversar, argumentar que nuestra preocupación no se justifica, pues no hacen nada de lo que sospechamos...

En 1977, a los 16 años, Tonico sufrió un grave accidente. Había tomado cocaína. Con la moto a toda velocidad, chocó con un carro estacionado. Se rompió varias costillas y se lesionó la columna. Permaneció enyesado cuatro o cinco meses.

Encaré el infortunio como buena fortuna: ¡Tonico dejaría las drogas! De hecho, suportó bien la convalecencia y no dio muestras de sufrir por la abstinencia.

En 1979, me transferí de Vitória a São Paulo. Fue en esa ocasión cuando la familia, tras cuidadosos exámenes neurológicos, se dio cuenta de que, aparte de las lesiones en las costillas y la columna, había otra: en el accidente, se golpeó el lado izquierdo de la cabeza, afectando a la parte lógica del cerebro. Quedó irremediablemente impedido para estudiar y trabajar.

La naturaleza no se conforma con pérdidas y daños... Para compensar la lesión, su lado derecho del cerebro se hipertrofió. Tonico se volvió más intuitivo, sensible, creativo y, sobretodo, afectuoso. Sus pinturas continuaban sorprendiendo. Entre las telas abstractas de fuerte armonía estética, llamaban la atención las que reflejaban su caos interior. Era obvio que experimentaba un intenso sufrimiento espiritual.

Tras salir de la cama, mi hermano continuó «limpio» por algún tiempo. Con todo, su hablar muchas veces carecía de lógica. Se quedaba en media docena de ideas y expresiones recurrentes. Verse con tal limitación lo hizo volver al jarabe, que siempre mereció su preferencia, incluso por falta de dinero para adquirir otras drogas. En 1980, la familia me pidió que se quedara algún tiempo conmigo, para dar un poco de tranquilidad a mis padres.

Fueron los cinco años más difíciles de mi vida. Mi hermano se convirtió en mi hijo. Hijo afectuoso y, a la vez, rebelde. Lo cual me incentivó a escribir una novela sobre drogas, El vencedor.

El primer mes, vivió conmigo en el convento. Cuidé de asegurarle buena asistencia médica y terapéutica, y me sumergí a fondo en la bibliografía correspondiente. Tonico estaba determinado a abrazar la abstinencia. Hizo un esfuerzo sobrehumano para emprender la escalada del Infierno de Dante rumbo al Purgatorio y al Paraíso. Hubo madrugadas en que, por insistencia suya, yo permanecía a su lado, los dos de manos dadas, mientras su cuerpo exhalaba un olor pestilente y de su boca brotaban alucinaciones.

Tonico se convirtió en mi prioridad. Me convencí de que sólo una carga excesiva de amor podría arrancarlo del agujero. Aunque yo me arruinara, no escatimaría nada para librarlo del mundo de las tinieblas.

Las pocas veces que demostró mucho deseo de drogas, São Paulo se lo impidió. No conocía la ciudad, las farmacias dificultaban la venta de jarabes, y él no contaba con amigos que le facilitasen el acceso. La abstinencia compulsoria le hacía sufrir todavía más, hasta explotar. Las explosiones consistían en agredirme físicamente. Daba patadas y puñetazos, me tiraba sillas y otros objetos. Al principio, le dejaba golpearme. Reaccionaba sólo para defenderme.

Los terapeutas me enseñaron que las agresiones significaban un reclamo de afecto, sumado a la rabia que sentía por no merecer de mi parte una atención continua y exclusiva, pues no abandoné trabajos y compromisos. Dejé de ser «víctima». Pasé a reaccionar, y a imponerle límites. Aprendí a ponerme fuerte con amor. Y el procedimiento funcionó. Ante mi reacción «de igual a igual», él se acobardaba. Me pedía mil perdones. Era como si, en los momentos de crisis, fuese habitado por otra persona, un ser agresivo, inescrupuloso, sobre el cual no tenía ningún control. Una posesión. Al calmarse, volvía a ser aquella persona afectuosa característica.

En ese período ya se había pasado del convento a un apartamento. Por recomendación terapéutica, no fui a vivir con él. Para acompañarlo, busqué cuidadores.

La tensión que se apoderaba de mí, viendo a Tonico debatirse con sus «demonios» interiores, me hacía notar más su ausencia. Amar es fácil cuando se tiene, al menos, esperanza de sentirse amado. Pero, salir de sí hacia el otro sin ningún retorno inmediato es, como mínimo, penoso.

Mis amigos y amigas tuvieron un papel importante en el apoyo hacia mí y hacia Tonico. Decidí, desde el principio, no «esconder» a mi hermano. Muchas familias que tienen casos semejantes cometen el grave error de clandestinizarlos. Llegan al extremo de internar al dependiente químico, no por imperativo de crisis agudas, sino para verse libres del estorbo... Así, le envían el mensaje de que no es querido, es soportado, y su «desvío» merece ser castigado con exclusión y «prisión».

Tomé el rumbo inverso. Integré a Tonico en mi círculo de amistades. Se percibía, tan pronto abría la boca, que su lógica se salía de los parámetros normales, y su discurso giraba en torno a dos o tres temas. A algunas personas se les hacía difícil lidiar con eso. Le hacían preguntas, interpelándolo, lo que le irritaba. La mayoría, sin embargo, «viajaba» con él, oía con interés lo que contaba y volvía a contar.

Mis padres vinieron a pasar unos días en São Paulo. Unos amigos nos invitaron a un fin de semana en un sitio. A Tonico no le gustaban las novedades. Quería quedarse en su rincón. Hasta el punto de sentarse invariablemente en la misma silla en la sala de estar. Y se incomodaba si una visita le precedía allí. Había que pedir a la visita que cambiase de lugar. Su mundo era un universo restringido de personas y cosas identificables. Ante extraños, se mostraba huidizo.

En aquel lugar, la inquietud se apoderó de él. Como las atenciones se fijaron en nuestros padres, se sintió preterido. De repente, me di cuenta de que no estaba. Me preocupaba el hecho de que, cuando se deprimía, iba a los baños buscando medicinas. Cualquier medicamento. Se los tomaba como si su efecto pudiera aliviarlo. No estaba en el baño. Lo encontré tumbado en la curva de la estrecha carretera asfaltada que pasa delante de la casa. Por milagro, ningún vehículo pasó por allí en ese rato. Habría sido imposible evitar el atropellamiento en una curva tan cerrada.

Es sufrido para el dependiente químico confrontarse con su caos interior, abstenerse de los «viajes» que le posibiliten la fuga de la realidad, enfrentarse con miradas de rechazo o miedo. Frente a eso, a veces prefiere la muerte. Quiere trasladarse a otra realidad; ésta de aquí le parece infernal, un mar revuelto en el que no encuentra boya ni puerto.

En 1985, libre de las drogas, Tonico retornó a Belo Horizonte. Cercado de cariño familiar y cuidados terapéuticos, vivió en paz, con escasos momentos de turbulencia. Veinticuatro años después, el amanecer del 11 de junio de 2009, fiesta de Corpus Christi, Tonico transvivenció, tras una crisis de apnea. Tenía 48 años.

Él, como nadie, me enseñó lo que es amar.

 

Frei Betto

São Paulo, Brasil