Y vio que todo era bueno : La Utop?a es posible

‘Y vio que todo era bueno’: La Utopía es posible

Ana Maria Rizzante Y Sandro Gallazzi Bento Gonçalves


La segunda parábola de la creación nos provoca: todo el bien que Yavé Dios había hecho con sus palabras y sus manos, culminan en un hombre y una mujer, desnudos, en el jardín de las felicidades, amándose, volviéndose una sola carne, sin vergüenza. Y vio que todo era muy bueno: en perfecta armonía no sólo con Dios y la naturaleza, sino también, del hombre y la mujer entre sí. Era, y continúa siendo, la utopía que orienta nuestras relaciones, hasta la reconstrucción del jardín definitivo.

Sin embargo, la realidad es conflictiva, de violencia: los humanos se esconden de Dios con vergüenza de su desnudez y son expulsados del jardín; la madre tierra es maldita, y entre el hombre y la mujer ya no hay armonía: Tendrás ansia de tu marido, y él te dominará.

A lo largo de los siglos la mujer acabará cargando la responsabilidad de esta violencia. Es por culpa de la mujer que comenzó el pecado y es por causa de ella que todos morimos (Sir 25,24). Y no es sólo cosa del primer testamento; el segundo repite el mismo estribillo: Adán no fue engañado; la mujer es la que fue seducida y cometió la transgresión (1Tm 2,14), asumido y repetido por nuestras iglesias en ritos y liturgias hasta introducirlo en la mentalidad de hombres y mujeres, en la sociedad y en las iglesias.

El producto final de la Toráh, el Pentateuco, es la mujer impura, inferior, propiedad del hombre, al servicio del hombre y de la casa del hombre. Es una tradición secular que se manifiesta también como resultado de una sabiduría que, con gran satisfacción masculina, sentencia con sarcasmo: es mejor la maldad del hombre, que la bondad de la mujer (Sir 42,14), y más amarga que la muerte es la mujer; redes y lazos su corazón, ataduras sus manos; quien sea bueno ante Dios escapará de ella, mas el pecador quedará preso por ella (Qo 7,26).

Hay otros textos que celebran alternativas, no desisten del sueño y proclaman que el «jardín» es posible. Es el jardín reconstruido del Cantar de los Cantares: canto que sale de la boca de una mujer amante y amada. Sin maridos/señores, sin hijos/herederos: mujer y hombre, sólo, en una relación libre, cómplice, socia: soy para mi amado y mi amado es para mí (Ct 2,16). Los dos, juntos, finalmente buenos.

Deseo no es y nunca será maldición para la mujer, como sentenciaba Gn 3,16. Soy de mi amado, y para mí es su deseo (Ct 7,11). Es el jardín antes de la serpiente del poder, antes de querer ser como Dios. ¿Por qué ser como Dios, si Dios es como nosotros, cuando nos amamos? Y así será en el jardín definitivo, cuando, finalmente, no habrá ya ambigüedad, contradicción, conflicto o violencia: Y el espíritu y la esposa dicen: ven (Ap 22,17). ¡La utopía es posible!

Los textos bíblicos, como vimos, dicen, desdicen, se contradicen. Memoria de una violencia asombrosa del hombre contra la mujer es la página final del libro de los jueces (17-21) que nos cuenta lo que ocurrió con la concubina de un levita. Y fue el levita, dueño absoluto del cuerpo y de la vida de su concubina, quien la entregó a los impíos de Gabaá, que la violaron toda la noche, hasta que murió. El altar sobre el cual el levita descuartiza el cuerpo de su concubina, es símbolo de una violencia que el templo legitima y usa para manifestar y mantener su poder. Para «vengar» la pérdida de su propiedad, el levita convoca a una guerra santa que provoca innumerables víctimas y que concluye con el rapto de seiscientas muchachas para quienes habían quedado viudos por causa de los combates. Texto-memoria de un simbolismo extremo: el templo y lo sagrado siempre garantizaron los privilegios de los hombres a costa del sufrimiento y de la opresión sobre el cuerpo de la mujer. Todavía no existía la opresión de los reyes, pero para las mujeres, la violencia y la muerte ya eran realidad. ¡La utopía no puede morir!

¿Cómo no recordar a la mujer sorprendida en adulterio, tirada a los pies de Jesús, en el patio del templo? Moisés manda apedrear a tales mujeres... Quien no tenga pecado, tire la primera piedra... Y salieron uno por uno, comenzando por los más viejos. La pregunta de Jesús es provocativa: ¿Dónde están los que te condenaban? La mujer levanta los ojos y descubre que el templo es sólo para ella, al lado de Jesús. Nadie más. ¡La utopía es posible!

Es la palabra de Oseas la que resuena: mi reclamo es contra ti, sacerdote... Viven de los pecados de mi pueblo... No castigaré a vuestras hijas prostitutas, ni a vuestras nueras adúlteras... (Os 4,4-14). Oseas y Gomer saben que el templo no trae nada nuevo; es necesario volver al desierto, al lugar de la seducción, ¡el lugar donde el corazón puede hablar y oír! Sólo así serán renovadas relaciones como las del jardín original. Es a partir de la mujer –por fin puesta en primer lugar, para ser amada y no prostituida–, donde lo nuevo comienza, dentro de casa, pues la propia casa reproduce el esquema dominador del Estado, del templo, de los baales...

Ella me llamará mi hombre y ya no mi marido/baal (Os 2,16). Oseas deja de ser un Baal/patrón para Gomer, para ser su hombre/amante, en una relación de igualdad, no de dominación o explotación. Cortejaré contigo para siempre, en la justicia y el derecho, en el amor y la ternura. Cortejaremos en la fidelidad y conocerás a Yavé (Os 2,21s). Este es el camino para vivir una siempre renovada relación de amor entre dos amantes: justicia y derecho, amor y ternura, fidelidad para siempre. Eso es conocer a Yavé ¡La utopía es posible!

¿Cómo leer estas contradicciones, no sólo entre textos del primer testamento, sino, como hemos visto, también entre textos del testamento cristiano? ¿Cómo conciliar la afirmación de la carta a los Gálatas Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, pues todos sois uno en Cristo Jesús (Gl 3,28), con lo que dice la carta a Tito: las mujeres de más edad... sepan enseñar a las jóvenes a amar a sus maridos, a querer bien a sus hijos, a ser prudentes, castas, trabajadoras de la casa, bondadosas, sumisas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tt 2,3-5)? Las Iglesias del fin del primer siglo, para evitar la persecución, trataban ya de ser reconocidas por el imperio, y para eso debían vivir como se vivía en todo el imperio: con la sumisión de la mujer al marido, así como la sumisión de los esclavos a sus amos (1Tm 6,1).

Esta es la tensión permanente presente en muchos textos bíblicos, y presente en nuestras casas, todavía hoy. Es lo que experimentamos quienes decidimos vivir el desafío de una relación hombre-mujer teniendo en el horizonte y en el deseo una relación paritaria, cómplice, amorosa y solidaria, y viviendo cada día las ambigüedades de nuestros límites, cargados de toda la cultura y los prejuicios seculares que convierten a hombres y mujeres en víctimas de códigos, hábitos, papeles que nos esclavizan y nos colocan unos contra otras, a pesar nuestro. Es el desafío diario y continuo de querer vencer y superar, deseando lo que es bueno, pero viviendo todavía en el límite y en el pecado que nos condiciona. Es la tensión cotidiana de acoger las diferencias, no como antagonismos, sino como riqueza que nos completa. Vivir eso y mostrarlo a hijos/as, en el día a día y en las grandes opciones y luchas.

Hemos vivido decenas de años al lado de las campesinas/os de la Amazonía, escuchándolas y reflexionando juntos sobre los cambios sociales necesarios y, al mismo tiempo, sobre el inaplazable cambio de relaciones dentro de casa: reconocer el papel político y subversivo de la maternidad, combatir la hipocresía de querer una sociedad igualitaria sin asumir el mismo compromiso dentro de la familia, abarcando no solamente lo masculino y lo femenino, sino las generaciones, sabiendo que las diferencias nunca pueden ser sinónimo de desigualdad, sino de reciprocidad, acogida y enriquecimiento.

«¡También tenemos derecho en la lucha!», fue el grito de las mujeres de las orillas del Amazonas, que hicieron de los límites impuestos por la sociedad patriarcal una palanca para cambios familiares, sociales, culturales, aprendiendo y enseñando nuevos caminos, nuevas relaciones familiares y sociales. ¡Y nosotros con ellos!

Superar la división de tareas tradicionalmente impuestas, afrontar los prejuicios, asumir y vivir nuevos paradigmas, entre nosotros, hombre y mujer y con nuestro hijo e hija, nieto y nieta, con los vecinos, en las Iglesias, en los movimientos, en las pastorales, son señales exteriores de la tensión que nos habita y que no terminará nunca, siempre comenzando, errando, acertando. La utopía es posible y nosotros insistimos en ensayarla, en esa nostalgia atávica que nos habita, de estar cerca y en sintonía, entre nosotros, deseándola para los hijos/as, para hombres y mujeres, pues ¡no es bueno que el hombre esté solo!