¡Ya Basta! Derrumben todas las estatuas de los colonizadores

 

Renata Andrade, Belo Horizonte, MG, Brasil

América Latina es una definición geográfica y política inventada por los europeos a partir del siglo XV. Al mismo tiempo que define la localiza-ción geográfica de los veinte países, que poseen idioma derivado del latín y que ocupan una determinada franja territorial, también define el lugar periférico de ese territorio en la economía capitalista. Por lo tanto, el origen de esa definición es eurocéntrico. Luego, ese nombre, América Latina ni siquiera debería ser admitido, pues es esencialmente colonialista y sin reconocimiento de los pueblos originarios.

Y, en 2021, vivimos en América Latina el fenómeno del derrumbe de las estatuas de colonizadores, tal como la de Cristóbal Colón en Barranquilla, Colombia. Vale la pena mencionar que Colón fue el líder de la expedición que llego a las Américas en 1492. Durante el derrumbe, gritaban: “!Colón asesino!” Y substituyeron su imagen por la bandera blanca Wiphala, que es símbolo de los pueblos indígenas. En ese mismo sentido, el secretario ejecutivo del Alba TCP, Sacha Llorenti, sugirió que la imagen del colonizador español Alonso de Mendoza sea retirada de La Paz. En Argentina, la estatua de Colón fue retirada por Cristina Kirchner en 2013 y, en su lugar, fue ubicada la estatua de una líder de origen indígena, Juana Azurday. En Brasil, el episodio más reciente fue el incendio de la estatua de Borba Gato que, en nuestro pasado colonial, actuaba como “bandeirante”, cazador de indígenas, en el interior del territorio. Pero ¿derrumbar esas estatuas, no apaga el pasado de América Latina? Pensemos.

Para mi reflexión, haré uso aquí del concepto de Edmundo O´Gorman: América es una invención europea (La invención de América, 1992). No podría haber sido descubierta, pues ya existía y, por eso, ella es una invención eurocéntrica y, solamente pasó a ser conceptualizada de esa forma, cuando el proceso de colonización destruyó nuestra americanidad. Esa perspectiva dialoga con el concepto de Colonialidad del poder de Aníbal Quijano (Colonialidad del poder: eurocentrismo y América Latina, 2005) que establece la interrelación de prácticas y de los legados del colonialismo europeo en los ámbitos políticos, económicos, sociales y culturales latinoamericanos. Él nos dice: “con América Latina) el capitalismo se hace mundial, eurocentrado y la colonialidad y la modernidad se instalan, hasta hoy, como los ejes constitutivos de este específico patrón de poder” (Aníbal Quijano. Colonialidad del poder y clasificación social, 2014, p. 286). A partir de la idea de raza, se estructuró un nuevo eje de poder en el mundo, estableciendo nuevas formas históricas de relacionarse, siendo el modo europeo la referencia central en ese proceso. Así, nacemos dentro de una perspectiva europea, que ha guiado y naturalizado una jerarquía entre colonizadores y colonizados, la idea de europeo como superior e indígenas como salvajes. Nuestro lugar en el mundo, como latinoamericanos, fue inventado dentro de ese nuevo eje de dominación que, a partir de la idea de raza – biológicamente imaginada – ha naturalizado la inferioridad de los pueblos encontrados en América.

Las formas de existir en el mundo, tales como la religión, las ropas, la alimentación, la sexualidad, las prácticas culturales, la producción del conocimiento, las relaciones de afecto, la relación con la naturaleza, la comprensión del género, la subjetividad, entre otros aspectos, deberían estar de acuerdo con la perspectiva europea. Por lo tanto, América fue inventada dentro de un nuevo marco de ejercicio de poder mundial, siendo conceptualizada y naturalizada como primitiva y atrasada. Quijano llama a eso sistema-mundo, o sea, el capitalismo moderno no puede ser desvinculado de la invención de América, siendo la coloniza-ción, el eurocentrismo, la modernidad y el racismo sus ejes fundacionales. Y se hace necesario destacar que el proceso de independencia, en el siglo XIX, no alteró esa lógica, apenas ha reconstituido la colonialidad del poder en nuevas bases cons-titucionales e institucionales que permanecieron colonialistas hasta hoy.

Las respuestas, así, de la pregunta inicial de este texto es: ¡No! Las estatuas pueden ser consideradas como un elemento más de representación de la invención de América y de la colonialidad del poder, presente en la historia latinoamericana. La colonialidad del poder ha transformado a los colonizadores en héroes, borrando figuras de resistencia a la colonización, tal como Tupac Amaru, que murió defendiendo nuestro territorio, o Zumbi de los Palmares, que murió combatiendo la esclavitud portuguesa. Sabemos que, apenas derrumbar estatuas, no resolverá todos los problemas que ha dejado la colonización, pero puede contribuir, por lo menos parcialmente, en el proceso de reconstrucción de nuestra identidad. Retirarlas, por lo tanto, no significa apagar la historia, más bien sería darle un nuevo significado. Es preciso romper con las estructuras de poder coloniales que representan el racismo, la misoginia, la intolerancia religiosa, la exclusión, la destrucción del medio ambiente, el genocidio de los pueblos indígenas, la esclavitud africana y la naturalización de la violencia y de las desigualdades.

Boaventura de Sousa Santos nos ayuda a pensar sobre ese proceso de liberación de América Latina. Uno de los posibles caminos está en las epistemologías del sur. Vale la pena señalar que sur, no significa una determinación geográfica, sino más bien una representación del mundo colonizado como también de sus resistencias. Uno de los caminos para librarnos del colonialismo, por lo tanto, son las teorías decoloniales que derrumban, además de las estatuas, los monopolios eurocéntricos impuestos desde la colonización. Son teorías y conocimientos marginales y criticos que nacen de los subalternizados y colonizados, tal como nosotros los latinoamericanos. Seamos, así, anticoloniales en busca de nuestra independencia completa. Como nos dice Eduardo Galeano en el libro Las Venas Abiertas de América Latina: “Es mucha la podredumbre para arrojar al fondo del mar en el camino de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los malditos tienen, ellos sí, en sus manos, la tarea. La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio”. Así como dijeron, también, los guerrilleros indígenas en el levantamiento zapatista el día 1 de enero de 1994, fecha que marca la creación del NAFTA: ¡Ya Basta! El colonialismo que perpetua las estructuras coloniales hace más de 500 años debe ser derrumbado. Es necesario destruir ese patrón de poder, derrumbar todas las estatuas y, con ellas, las raíces coloniales donde nuestra imagen siempre ha sido retratada de forma distorsionada, subalternizada y marginalizada. Como dice la música de la banda Calle 13, Latinoamérica:


"Yo soy, yo soy lo que sobró

Soy todo el resto de lo que robaron

(...) Soy América Latina

Un pueblo sin piernas pero  que camina, ¡ei!

(...) Aquí se respira lucha

(Vamos caminando)

Aquí estamos de pié

¡Viva América!

¡Viva la América!